Lucas Ferreira apretaba contra el pecho un sobre amarillo mientras empujaba la puerta de vidrio del edificio. Tenía las manos sudando, no por el peso del sobre, sino por la inmensidad de aquel lugar. Todo era mármol, vidrio y trajes caros. A su alrededor, adultos que caminaban deprisa pareciendo no ver a nadie. Gente como él, un niño de diez años con zapatillas gastadas y mochila descosida, simplemente era invisible allí.
Apenas dio dos pasos hacia la recepción, una voz fría lo cortó por dentro.
—Oye, niño, aquí no es lugar para pedir —dijo la recepcionista sin sequer levantar la vista del ordenador—. Vete antes de que llame a seguridad.
Lucas sintió el rostro arder.
—No vine a pedir nada —murmuró, tragando en seco—. Solo vine a devolver esto que encontré.
Estiró el sobre con cuidado. Había estado tirado en la calle, frente a la lanchonete donde ayudaba después de la escuela. Tenía el logo de la empresa y la dirección. Su abuela le había dicho que lo correcto era entregarlo personalmente.
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