Solo vine a devolver esto que encontré… El gerente se rió, pero el dueño observaba todo por la ventana.
La recepcionista lo miró por fin, pero solo para soltar una risita irónica.
—Claro, “encontraste”. Todos encuentran algo cuando quieren sacarle dinero a alguien. Lárgate.
Lucas no se movió. Se acordó de la voz de su abuela Helena: “Lo correcto se hace hasta el final, aunque te hablen feo.” Así que apretó el sobre con más fuerza y se quedó ahí, como un pequeño soldado temblando pero firme.
En ese momento, dos hombres de traje cruzaron el hall. Uno de ellos, de corbata azul brillante y sonrisa torcida, se detuvo al verlo.
—Mira lo que tenemos aquí —dijo—. Un pequeño empresario intentando hacer negocios.
Era Rodrigo Amaral, el gerente comercial, conocido por su arrogancia. El colega a su lado se echó a reír.
—Yo solo encontré este sobre en la calle y vine a devolverlo —repitió Lucas, buscando mantener la voz firme.
Rodrigo le arrancó el sobre de la mano sin delicadeza y lo tiró encima del mostrador, sin siquiera abrirlo.
—Sí, sí, lo encontraste. Déjame adivinar: tu mamá está enferma, tu papá perdió el trabajo y ahora quieres una recompensa, ¿no?
El otro ejecutivo soltó una carcajada.
—Los niños de hoy son cada vez más creativos con sus historias.
Lucas sintió las lágrimas queriendo salir, pero se obligó a tragar el llanto. No iba a llorar delante de ellos.
—No quiero dinero —susurró—. Solo vine a devolverlo.
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