Le dio una tarjeta con su nombre en letras doradas.
—Quiero conocer a tu abuela y a tu madre. ¿Crees que aceptarían cenar conmigo?
—Tengo que preguntarles, señor —respondió el niño, abrazando la tarjeta como si fuera un tesoro.
De camino a casa, en el autobús, Lucas miraba la tarjeta una y otra vez. No imaginaba que ese pequeño rectángulo de papel era la llave que iba a abrir una puerta llena de secretos, dolor… y también nuevas oportunidades.
Esa noche, en la casa pequeña de paredes agrietadas, contó toda la historia a su abuela. Helena escuchó en silencio, con la cuchara suspendida sobre la olla de frijoles. Cuando vio el nombre escrito en letras doradas, se quedó muy quieta.
—¿La señora conoce a ese hombre? —preguntó Lucas.
—No estoy segura… —respondió, pero sus ojos decían otra cosa. Había un reconocimiento antiguo en su mirada.
Cuando Fernanda llegó del trabajo, agotada y con los hombros caídos, Lucas volvió a contar todo. Cuando ella leyó “Antônio Mendes”, el color se le fue del rostro. Cambió una mirada silenciosa con su madre.
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