—Es un nombre conocido, hijo —dijo finalmente—. Es un hombre importante en São Paulo.
Pero Lucas sintió que no era solo eso. Como si aquel nombre hubiera arrancado un recuerdo que las dos preferirían dejar enterrado.
Aun así, después de discutirlo, aceptaron la invitación. No sabían que, al hacerlo, estaban caminando directo hacia un pasado que nunca había sido resuelto.
El sábado, un coche negro y brillante los recogió en la calle de tierra del barrio. Los vecinos salieron a mirar. Lucas y Pedro iban con su mejor ropa, que no dejaba de ser sencilla, pero limpia y bien planchada gracias a las manos de Helena.
El restaurante al que los llevó Antônio era elegante, con manteles blancos y copas de cristal. Para Lucas, era como entrar en otro mundo. Pedro no podía dejar de mirar las luces y el gran acuario en la entrada.
Cuando el dueño se levantó para recibirlos, sonrió con calidez.
—Familia Ferreira, qué alegría verlos.
Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Fernanda, hubo un segundo de silencio pesado. Él la reconoció. Ella también. Y al mirar a Helena, la certeza se hizo aún más fuerte: no era la primera vez que sus vidas se cruzaban.
Durante la cena, hablaron de cosas ligeras: la escuela, el barrio, los sueños de Lucas, las travesuras de Pedro. Pero bajo la superficie, la tensión crecía. Había preguntas que ninguno se atrevía a hacer delante de los niños.
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