Solo vine a devolver esto que encontré… El gerente se rió, pero el dueño observaba todo por la ventana.

—Biológicamente, sí —respondió Helena—. Pero quien lo ha criado somos nosotras. Quien ha estado levantándose de madrugada cuando tenía fiebre, quien ha trabajado en tres casas para que comiera, ha sido Fernanda.

Antonio sintió la culpa como un peso físico. Tenía un hijo y nunca lo supo. Un hijo que lo había salvado sin saber quién era. Un hijo enfermo del corazón, como su madre. Un hijo que había crecido en la pobreza mientras él acumulaba fortuna.

—Quiero decirle la verdad —dijo—. Quiero ser su padre.

—No así, de golpe —respondió Fernanda rápidamente—. Lucas solo tiene diez años. Si ahora le dices que toda su vida era una mentira, lo vas a destrozar. Déjale conocerte primero. Sé presente. Y cuando esté preparado, le contamos todo.

Helena añadió con firmeza:
—Puedes haberle dado la vida, pero la infancia se la dimos nosotras. Si vas a entrar en su mundo, será con respeto y paso a paso.

Antônio asintió. Tenían razón. Sabía de negocios, pero no sabía nada de ser padre. No quería arrancarle al niño la seguridad que, con tanto esfuerzo, habían construido.

Entonces Helena habló de algo más: la arritmia hereditaria de Lucas, los tratamientos caros, las medicinas que a veces no podían pagar, su propia enfermedad, la lucha diaria por sobrevivir. Y algo dentro de Antônio se reorganizó por completo.

—No es caridad —dijo, cuando Fernanda intentó negarse a su ayuda—. Es mi responsabilidad. Yo causé parte de este dolor sin saberlo. Ahora que lo sé, no voy a mirar hacia otro lado.

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