Cuando el médico me repitió las palabras exactas de mi hijo, diciendo que estaba en el cumpleaños de su suegra, y que si yo me moría, le avisaran después, sentí que el techo del hospital se desplomaba sobre mí. Se meló la sangre en las venas y mis manos dejaron de temblar instantáneamente, reemplazando el miedo a la muerte por una claridad fría y brutal. Roberto pensó que yo era una anciana desvalida a punto de morir, pero olvidó un pequeño detalle legal que le costaría su herencia. Soy Carmen, tengo 72 años y he vivido toda mi vida trabajando en mi birriería en el barrio de Santa Tere en Guadalajara.
Pensé que mi sacrificio de madre lo era todo y que había criado a un buen hombre. Pero la vida me enseñó a la mala que el dinero puede cambiar hasta a tu propia sangre. Bajé la cortina de metal de mi birriería con ese rechinido que ya me sé de memoria. Un sonido que marca el final de otro día de batalla aquí en el barrio de Santa Tere. A mis 72 años, los huesos me truenan a veces más fuerte que las bisagras oxidadas del local.
Pero no me quejo. Me acomodé el reboso sobre los hombros. Ese mismo rebozo azul que huele a chiles secos, a clavo, a canela y a carne tatemada. Es curioso cómo el olor del trabajo se le mete a una hasta en los poros, como si fuera un segundo bautizo. Ese aroma es mi orgullo. Es lo que pagó la carrera de mi hijo. Es lo que levantó las paredes de mi casa y lo que me ha mantenido de pie desde que enviudé.
Caminé despacio por la banqueta, sintiendo el aire fresco de Guadalajara en la cara. Iba pensando en los pedidos para el fin de semana, calculando cuántos kilos de chivo iba a necesitar. Cuando sentí ese zumbido en los oídos, otra vez, era como un avispero furioso dentro de mi cabeza. La doctora ya me había regañado la semana pasada. me dijo que esa presión alta era una bomba de tiempo, que necesitaba descansar, que dejara el negocio, pero una es terca, una es de Jalisco y aquí no nos rajamos por un simple mareo.
Me dije a mí misma que solo era el cansancio, que llegando a casa me tomaría un té de alpiste y santo remedio. Intenté cruzar la calle, pero el asfalto se convirtió en agua bajo mis pies. Las luces de los coches se estiraron como ligas de neón y el ruido del tráfico se fue apagando, como si alguien le hubiera bajado el volumen al mundo. Recuerdo que estiré la mano buscando un poste, una pared, algo de donde agarrarme, pero solo encontré aire.
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