El teléfono seguía sonando y en ese silencio prolongado la soledad se sintió más fría que la sala de urgencias, mientras el tono de llamada seguía sonando en mi oído interminable y monótono. Mi mente voló lejos de esa sala de urgencias. Viajando 30 años atrás. De repente ya no olía a desinfectante ni a medicina, sino a leña quemada y a masa cruda. Me vi a mí misma levantándome a las 4 de la mañana. Cuando las calles de Guadalajara todavía estaban oscuras y el frío calaba hasta los huesos.
Durante tres décadas, esa fue mi vida. Antes de que saliera el sol, yo ya estaba peleándome con las ollas enormes de birria, amasando kilos y kilos de maíz, picando cebolla, hasta que las lágrimas se me secaban por costumbre. Miré mis manos sobre la sábana blanca del hospital. están deformes, llenas de manchas y cicatrices, con los nudillos hinchados por la artritis, pero en aquel entonces eran fuertes, aunque siempre estaban rojas por el calor del comal. Pensaba mucho en eso mientras batallaba con el fuego, mis manos se quemaron para que las suyas solo tocaran libros.
Yo no quería que Roberto tuviera callos, ni que supiera lo que pesa un costal de carbón. Yo quería que sus manos fueran suaves de licenciado, manos que firmaran papeles importantes y saludaran a gente decente. Me acordé del día que llegó con la carta de aceptación de esa universidad privada, la más cara de la ciudad. Él estaba feliz, pero yo sentí que el suelo se me abría porque no tenía ni para la inscripción. Sin decirle nada, agarré lo único de valor que me quedaba de su padre.
Mis anillos de boda eran de oro, bueno, pesados. de los que ya no hacen. Fui al centro joyero y los vendí sin regatear, sintiendo como se me iba un pedazo de historia con ellos. Cuando le entregué el dinero, le dije que eran ahorros del negocio. Nunca supo que vendí mi pasado para comprarle su futuro y funcionó. Se graduó con honores, se hizo un hombre importante, pero el éxito que le compré fue el mismo que me lo arrebató.
Al principio venía a visitarme, pero luego conoció a Patricia. Recuerdo la primera vez que la trajo a la casa. Ella arrugó la nariz apenas cruzó la puerta y se limpió la silla con un pañuelo antes de sentarse. Decía que mi casa olía a grasa, que el aroma de la birria se le impregnaba en la ropa de marca y en el cabello de salón. Poco a poco, las visitas de los domingos se acabaron. Roberto dejó de venir por vergüenza o por no pelear con ella.
Y yo me quedé sola con mis ollas y mi orgullo. Ahora, las únicas veces que veo su nombre en mi teléfono es cuando necesita algo. No llama para preguntar si ya comí o si me tomé la pastilla. Llama porque quiere cambiar de coche, porque se quieren ir a Europa o porque se atoró con un pago de la hipoteca de su casa en el coto privado. Y yo, tonta madre, al fin y al cabo siempre digo que sí.
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