Rompo el cochinito, voy al banco, le firmo lo que necesite. Pensaba que si le daba dinero estaba comprando un poquito de su cariño o al menos un ratito de su atención. El teléfono seguía timbrando sin respuesta y sentí una lágrima caliente resbalando hacia la almohada. Resonó en mi cabeza aquella promesa que me hizo cuando tenía 5co años, cuando se enfermó de fiebre y yo no me despegué de su lado en tres noches. Me agarró la cara con sus manitas sudadas y me juró que cuando fuera grande me iba a cuidar, que nunca me dejaría sola.
Esa mentira me dolió más que el hueso roto en mi cadera. La voz de la operadora me avisó que la llamada se iría a buzón y por primera vez en mi vida sentí que todo ese sacrificio, todo ese amor incondicional se había ido por el desagüe, dejándome vacía y rota en una camilla de hospital. Justo cuando la pantalla de mi celular se apagó, vi entrar al doctor Salas. Lo reconocí de inmediato a pesar de la bata blanca y el cubrebocas, porque es cliente de la birriería desde hace más de 15 años.
de los que siempre piden doble carne y me dejan buena propina. Pero esta vez no traía esa sonrisa bonachona con la que me saluda los domingos. Traía la mirada baja, cargada de una pena que no era suya, sino ajena. Se acercó a mi camilla despacio, arrastrando los pies como si trajera plomo en los zapatos, y puso su mano sobre la mía. Me dijo que tenía que ser honesto conmigo, que no podía dejarme entrar a operación con mentiras en la cabeza.
Resulta que la enfermera no había fallado en comunicar. Roberto sí había contestado el teléfono antes de que yo marcara. Sentí un vuelco en el estómago, preparándome para escuchar que venía en camino, que estaba atorado en el tráfico o incluso que estaba en una junta importante. Pero la verdad fue mucho más cruel, más afilada que cualquier visturí. El doctor, con la voz quebrada de vergüenza, me repitió las palabras exactas de mi hijo. Me dijo que Roberto estaba en Valle de Bravo celebrando el cumpleaños de su suegra y que textualmente había dicho que si yo me moría, le avisaran después, porque en ese momento no podía ir a arruinarles la fiesta.
En ese instante el tiempo se detuvo. Uno pensaría que el dolor me haría estallar en llanto, que me pondría a gritar o que la presión me subiría hasta reventarme las venas. Pero no pasó nada de eso, al contrario, fue como si de repente se apagara todo el ruido del mundo. Dejé de temblar. El miedo que tenía a la cirugía, a la muerte, a la soledad, se evaporó y en su lugar entró un frío seco, una claridad mental que no había sentido en años.
Era el mismo temple que tenía cuando negociaba con los proveedores de carne, cuando defendía mi esquina en el mercado. Mis manos, esas manos deformes y trabajadas se quedaron quietas sobre la sábana. El Dr. Salas me observó con curiosidad, notando el cambio en mi semblante. Me sonrió con una tristeza cómplice y me soltó una verdad que nadie más sabía. Me dijo que estaba seguro de que Roberto pensaba que yo era solo una viejita desvalida, una carga que ya no servía para nada, me preguntó bajando la voz si mi hijo sabía realmente quién aparecía en los papeles de propiedad, si tenía idea de quién era la verdadera dueña del suelo que pisaba.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
