Vio el sello del notario. Vio la fecha y la hora minutos antes de mi cirugía. leyó la cláusula donde yo, Carmen, dueña legítima del edificio comercial en la zona financiera, revocaba el usufructo vitalicio gratuito que le había concedido a mi hijo. Leyó que el testamento anterior quedaba anulado y que mis bienes pasaban a formar un fideicomiso para obras de caridad en caso de mi muerte. Roberto levantó la vista y ya no había burla, solo pánico puro. Me gritó que eso no podía ser, que esa era su oficina, que ahí recibí a sus clientes, que cómo le iba a hacer eso a su propia sangre.
Yo me acomodé en la almohada sintiendo un dolor en la cadera, pero una paz inmensa en el alma, le dije con voz firme, sin que me temblara ni una pestaña, que durante años fui su madre, pero que él me había confundido con su banco. Le recordé que cuando el médico lo llamó, él decidió que yo ya estaba muerta, que yo era un trámite que podía esperar al lunes. Le dije que si para él yo ya estaba muerta ese día, entonces también debía estar muerta mi cartera.
Verlo ahí balbuceando excusas y sudando frío por perder su estatus me dolió más que la operación, pero también me liberó. Le dije que se llevara sus flores baratas porque yo seguía viva y para su mala suerte, mi memoria también. El día que me dieron el alta, el sol de Guadalajara caía a plomo sobre la banqueta, pero yo sentí un frío extraño al cruzar las puertas automáticas del hospital. No fue el brazo fuerte de Roberto el que me sostuvo para no tropezar con mi andadera nueva, sino el brazo firme y cariñoso de mi comadre Estela.
Ella fue quien me ayudó a subir al taxi, quien cargó mi bolsa con la ropa sucia y quien me acomodó el reboso para que no me pegara el aire de mi hijo ni sus luces. Ándele, pues. Así son las cosas cuando una decide dejar de ser tapete para convertirse en muro. Al llegar a casa, el silencio me recibió como un viejo conocido. Antes me daba miedo. Sentía que la casa se me venía encima, pero ahora, sentada en mi cocina sentí una paz que no conocía.
Mi comadre me sirvió una jericaya que compró en el mercado con esa costra quemadita de leche y vainilla que tanto me gusta. Y mientras hundía la cuchara en el postre, me contó los chismes que el abogado me había ahorrado. Me dijo que el desalojo de la oficina fue un escándalo, que Roberto gritó y amenazó a medio mundo cuando le cambiaron las chapas, alegando que le estaban robando. Bien sabe Dios que a nadie le robé nada. Simplemente recuperé lo que sudé gota a gota, amasando birria durante 40 años.
Según las leyes de aquí de Jalisco, lo mío es mío hasta que me muera. Y como él me dio por muerta antes de tiempo, pues se quedó sin nada antes de tiempo. Esa tarde, cuando me quedé sola, me arrastré despacito hasta la sala. Ahí estaba todavía sobre la repisa principal, esa foto de Roberto con su toga y birrete, sonriendo con ese título que yo pagué vendiendo mis anillos. Me le quedé viendo un buen rato. Me dolía el pecho.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
