Claro que me dolía porque una no deja de ser madre, no más porque el hijo sale ingrato. Pero me dolía más la falta de respeto, esa manera de verme como un estorbo, como un mueble viejo que ya no combina con su vida de rico. Abrí el cajón del trinchador, ese donde guardo las velas y los recibos, y metí la foto boca abajo hasta el fondo. Fue como cerrar un libro que ya no se va a volver a leer.
Me di cuenta de que el dinero puede comprar muchas cosas. Con el dinero de la renta de la oficina podré pagar una enfermera que me cuide. Podré comprar mis medicinas sin tronarme los dedos. Y hasta podré pagar quien me haga la limpieza. El dinero compra cuidados. Sí, pero no compra amor. Y el amor de Roberto, si es que alguna vez existió de verdad, se secó cuando se le acabó la fuente de ingresos. Al menos me dije a mí misma mientras saboreaba el último bocado dulce de la jericaya, conservé mi dignidad.
No voy a ser la viejita arrimada en la casa de la nuera, ni la madre que ruega por una llamada. Ya cayendo la noche, prendí la veladora en mi altar. Ahí estaba mi Virgencita de Zapopan, la generala, mirándome con sus ojos misericordiosos. Me persigné despacito, sintiendo el crujido de mis huesos viejos. No le pedí que Roberto volviera ni que se arrepintiera, porque los milagros existen, pero no hay que abusar. Le pedí por mí. Le pedí fuerzas para caminar sola con mi andadera, para no amargarme el corazón y para disfrutar los años que me queden con la frente en alto.
Mi hijo eligió su camino y yo elegí el mío. Y aunque duele, esta noche voy a dormir tranquila, sabiendo que en mi casa y en mi vida la única dueña sigo siendo yo. Han pasado 6 meses desde la cirugía. Mi cadera sanó bien y ya camino sin la andadera por mi birriería en Santa Tere, aunque ahora solo superviso que el sazón siga igual de bueno. La oficina que le quité a Roberto se rentó rápido. Ese dinero paga puntualmente a mi enfermera y mis gustos.
De mi hijo no he sabido nada. Y aunque a veces extraño al niño que críe, no extraño al licenciado que me dio por muerta. Hoy mi casa huele a paz, no a soledad. La dignidad no se mendiga a los hijos. Se defiende con la frente en alto. Mi consejo es firme. Protejan su patrimonio legalmente y nunca hereden en vida a quien no las valora. Los papeles a su nombre son su mejor seguro de vejez.
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