Me dije a mí misma que solo era el cansancio, que llegando a casa me tomaría un té de alpiste y santo remedio. Intenté cruzar la calle, pero el asfalto se convirtió en agua bajo mis pies. Las luces de los coches se estiraron como ligas de neón y el ruido del tráfico se fue apagando, como si alguien le hubiera bajado el volumen al mundo. Recuerdo que estiré la mano buscando un poste, una pared, algo de donde agarrarme, pero solo encontré aire.
Lo último que pensé antes de que todo se volviera negro fue en la olla exprés, esperando que la hubiera dejado bien cerrada. Desperté y lo primero que sentí fue el frío. No era el frío de la noche tapatía, sino ese frío clínico, metálico y ajeno de los hospitales. Abrí los ojos y la luz blanca me lastimó hasta el fondo del cerebro. Estaba en una camilla con un suero conectado a mi brazo. Ese brazo que ha cargado costales de maíz y cazuela hirviendo.
Ahora se veía tan frágil, tan lleno de manchas y venas saltadas bajo la luz fluorescente. Me dolía la cadera, un dolor agudo y punante que me robaba el aire. Una enfermera joven se acercó al ver que me movía. Tenía cara de niña y me miraba con esa mezcla de lástima y prisa que le tienen a los viejos que llegan solos a urgencias. Me explicó que me había desmayado en la calle, que unos buenos samaritanos llamaron a la ambulancia y que mi presión estaba por las nubes.
Me dijo que necesitaba cirugía, algo de la cadera o del fémur. No le entendí bien porque el miedo me zumbaba más fuerte que la presión. Luego vino la pregunta que más temía más que al bisturí. Me preguntó por mi familia, me dijo que habían revisado mi bolsa, que encontraron mi credencial, pero que el celular estaba bloqueado y no sabían a quién avisar. Sentí un hueco en el estómago, más grande que el hambre de mis tiempos de pobreza.
Asentí despacio con la boca seca. Le pedí mi teléfono con un hilo de voz. Mis dedos temblaban tanto que me costó trabajo poner la contraseña. Esa fecha de nacimiento que es la de él, no la mía. Busqué el contacto de Roberto, mi hijo, mi único hijo, el orgullo de mis ojos, el licenciado exitoso que ya casi no viene al barrio porque dice que le ensucia los zapatos. Miré la pantalla iluminada y sentí una nostalgia que me apretó el pecho.
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