Sufrí Un Accidente Y Mi Hijo Dijo: Estoy En El Cumpleaños De Mi Suegra. Si Se Muere, Avísame Después…

Recordé cuando era niño y se aferraba a mis faldas con miedo a la oscuridad, prometiéndome que cuando fuera grande me compraría un palacio. Ahora es grande y el palacio lo tiene él, pero yo siento que estoy en una casa vacía, aunque esté llena de muebles. Marqué su número. El tono de llamada sonaba una, dos, tres veces. Cada timbre era un golpe en el pecho. Imaginé que estaría ocupado, quizá en una junta importante, quizá cenando en uno de esos restaurantes caros a los que va con su esposa.

Esa mujer que me mira como si yo fuera un mueble viejo que no combina con su decoración. La enfermera esperaba a mi lado y yo sentí la necesidad de justificarlo antes de que contestara, de decirle que él es un hombre importante, que sí me quiere, que no estoy sola. Pero me quedé callada. Solo cerré los ojos y le recé bajito a la Virgencita de Zapopan, no para que me curara la cadera, sino para que mi hijo me contestara el teléfono y no me hiciera sentir que soy un estorbo en su agenda.

El teléfono seguía sonando y en ese silencio prolongado la soledad se sintió más fría que la sala de urgencias, mientras el tono de llamada seguía sonando en mi oído interminable y monótono. Mi mente voló lejos de esa sala de urgencias. Viajando 30 años atrás. De repente ya no olía a desinfectante ni a medicina, sino a leña quemada y a masa cruda. Me vi a mí misma levantándome a las 4 de la mañana. Cuando las calles de Guadalajara todavía estaban oscuras y el frío calaba hasta los huesos.

Durante tres décadas, esa fue mi vida. Antes de que saliera el sol, yo ya estaba peleándome con las ollas enormes de birria, amasando kilos y kilos de maíz, picando cebolla, hasta que las lágrimas se me secaban por costumbre. Miré mis manos sobre la sábana blanca del hospital. están deformes, llenas de manchas y cicatrices, con los nudillos hinchados por la artritis, pero en aquel entonces eran fuertes, aunque siempre estaban rojas por el calor del comal. Pensaba mucho en eso mientras batallaba con el fuego, mis manos se quemaron para que las suyas solo tocaran libros.

Yo no quería que Roberto tuviera callos, ni que supiera lo que pesa un costal de carbón. Yo quería que sus manos fueran suaves de licenciado, manos que firmaran papeles importantes y saludaran a gente decente. Me acordé del día que llegó con la carta de aceptación de esa universidad privada, la más cara de la ciudad. Él estaba feliz, pero yo sentí que el suelo se me abría porque no tenía ni para la inscripción. Sin decirle nada, agarré lo único de valor que me quedaba de su padre.

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