Sufrí Un Accidente Y Mi Hijo Dijo: Estoy En El Cumpleaños De Mi Suegra. Si Se Muere, Avísame Después…

Resulta que la enfermera no había fallado en comunicar. Roberto sí había contestado el teléfono antes de que yo marcara. Sentí un vuelco en el estómago, preparándome para escuchar que venía en camino, que estaba atorado en el tráfico o incluso que estaba en una junta importante. Pero la verdad fue mucho más cruel, más afilada que cualquier visturí. El doctor, con la voz quebrada de vergüenza, me repitió las palabras exactas de mi hijo. Me dijo que Roberto estaba en Valle de Bravo celebrando el cumpleaños de su suegra y que textualmente había dicho que si yo me moría, le avisaran después, porque en ese momento no podía ir a arruinarles la fiesta.

En ese instante el tiempo se detuvo. Uno pensaría que el dolor me haría estallar en llanto, que me pondría a gritar o que la presión me subiría hasta reventarme las venas. Pero no pasó nada de eso, al contrario, fue como si de repente se apagara todo el ruido del mundo. Dejé de temblar. El miedo que tenía a la cirugía, a la muerte, a la soledad, se evaporó y en su lugar entró un frío seco, una claridad mental que no había sentido en años.

Era el mismo temple que tenía cuando negociaba con los proveedores de carne, cuando defendía mi esquina en el mercado. Mis manos, esas manos deformes y trabajadas se quedaron quietas sobre la sábana. El Dr. Salas me observó con curiosidad, notando el cambio en mi semblante. Me sonrió con una tristeza cómplice y me soltó una verdad que nadie más sabía. Me dijo que estaba seguro de que Roberto pensaba que yo era solo una viejita desvalida, una carga que ya no servía para nada, me preguntó bajando la voz si mi hijo sabía realmente quién aparecía en los papeles de propiedad, si tenía idea de quién era la verdadera dueña del suelo que pisaba.

Ahí fue cuando la realidad me golpeó. Pero ya no para lastimarme, sino para armarme. Roberto se pasea por su despacho en la zona financiera de Guadalajara, presumiendo su éxito y su oficina de lujo. Pero se le olvidó un detalle fundamental. Se le olvidó que ese edificio, esa oficina con vista a la ciudad donde recibe a sus clientes millonarios, la compré yo peso a peso con la venta de mi birria. Las escrituras están a mi nombre. El usufructo se lo di gratis para que brillara, para que fuera alguien, pero la dueña soy yo.

Miré al doctor a los ojos con una firmeza que lo sorprendió y le dije que no necesitaba un sacerdote ni despedirme de nadie. Le pedí, con la urgencia de quien tiene poco tiempo, que me consiguiera un notario público de inmediato. Tenía que firmar unos documentos antes de que la anestesia me durmiera, porque si iba a morir o a vivir, lo haría con mi dignidad intacta y con las cuentas claras. Pasaron tres días antes de que la puerta de mi habitación se abriera para dejar entrar a quien yo más esperaba y al mismo tiempo a quien menos quería ver.

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