Roberto entró con una sonrisa ensayada y un ramo de claveles de los que venden en los semáforos. Esas flores que una compra por lástima o por prisa, no por amor. El olor de su colonia cara esa que le regalé la Navidad pasada, inundó el cuarto peleando con el aroma a desinfectante. Se acercó con los brazos abiertos, diciendo que qué susto le había dado, que había rezado tanto por mí. intentó abrazarme, pero yo, con la poca fuerza que me quedaba después de que me cerrucharan el hueso, levanté la mano y lo detuve en seco.
Mi gesto fue una pared de concreto entre nosotros. Él se quedó pasmado con los brazos en el aire, como un espantapájaros elegante. Se sentó en la orilla de la cama, visiblemente incómodo porque no le seguía el teatro. empezó a soltar una retaila de excusas que ya debía tener bien memorizadas. Me dijo que la señal en la carretera era pésima, que su teléfono había fallado, que estaba cerrando un negocio vital para la familia y que apenas se enteró.
voló para estar conmigo. Lo dejé hablar observando cómo se le movía la nuez de la garganta al tragar saliva. Era el mismo niño que me mentía sobre las tareas de la escuela, solo que ahora traía traje de diseñador y reloj de oro. Cuando por fin hizo una pausa para tomar aire, lo miré fijo a los ojos con esa mirada que solo una madre tiene cuando sabe que le están viendo la cara. Le dije que se ahorrara los cuentos.
que mejor me platicara qué tal estuvo el pastel en Valle de Bravo. Su cara se transformó, se puso pálido, como si le hubiera bajado la presión de golpe. Tartamudió intentando negar lo innegable, pero yo no le di tregua. Le dije que esperaba de todo corazón que la fiesta de su suegra hubiera valido la pena, porque ese fin de semana le había costado más caro de lo que se imaginaba. Le dije que esa rebanada de pastel le había costado su herencia.
Roberto soltó una risita nerviosa, de esas que suenan a vidrio roto. Me miró con condescendencia, como si la anestesia me hubiera afectado el juicio. Me dijo que no dijera tonterías, que seguro estaba delirando por los medicamentos, que descansara. intentó palmearme la mano, tratándome como a una anciana senil que no sabe lo que dice. Fue entonces cuando señalé el sobremila que descansaba sobre la mesa de noche junto a mi vaso de agua. Le ordené que lo abriera. Lo hizo con desdén, pero a medida que sus ojos recorrían el papel sellado, su arrogancia se desmoronaba.
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