ta La madre del millonario sufría dolores hasta que la señora de la limpieza le arrancó algo de la cabeza.

La señora Augusta nunca había sido una mujer débil. A sus 76 años, con la columna ligeramente encorvada por el tiempo y su cabello completamente blanco recogido en un moño bajo, aún recorría los pasillos de aquel lujoso apartamento en los jardines, con la dignidad de quien ha sobrevivido a toda una vida de batallas silenciosas.
Pero en los últimos días algo extraño se había instalado en su interior. No era solo cansancio, no era solo la edad, era un dolor, un dolor diferente, profundo, agudo, como si pequeñas descargas le recorrieran la cabeza de adentro hacia afuera. Cerró los ojos un instante, agarrándose al marco de la puerta de la habitación. «¡Dios mío!», susurró.
El cuero cabelludo le ardía en algunos puntos concretos. Al tocarlo, sentía pequeños pinchazos como de aguja. Sin embargo, al pasar los dedos por su espesa cabellera, no encontró nada, ninguna herida, ninguna señal evidente, solo el dolor, siempre presente, molestándola, creciendo silenciosamente.
Al otro lado del apartamento, el televisor seguía encendido, mostrando un programa que la señora Augusta ni siquiera podía entender. Un sonido lejano resonó, mezclado con el leve ruido de los pasos apresurados de Renata en la cocina. Renata, la esposa de su hijo, alta, elegante, siempre impecable, con el cabello oscuro y perfectamente peinado, y una mirada que nunca revelaba lo que realmente pensaba.
Desde que se casó con Henrique tres años antes, la casa había perdido algo de su calidez. Las risas se apagaron. El olor a café recién hecho desapareció, y poco a poco, incluso la presencia de doña Augusta pareció convertirse en una molestia. «Señora Augusta, la comida está lista», anunció Renata con voz neutra, sin siquiera entrar en la habitación.
La anciana sintió otro dolor agudo en la cabeza y se llevó la mano detrás de la oreja derecha. Siempre estaba ahí, en un punto preciso, como si algo se le hubiera clavado en la piel. «Voy enseguida», respondió, aunque sabía que su voz era más débil de lo debido. Henrique no estaba en casa, como siempre, pasando sus días lidiando con negocios, inversiones, reuniones, cifras y contratos millonarios.

Como hijo único de Augusta, había crecido oyéndole decir que el dinero nunca debería ser más importante que las personas. Sin embargo, ahora, a los 42 años, Henrique era uno de los principales gestores de inversiones de la ciudad. Trabajaba con poderosos empresarios, grandes fortunas y fondos internacionales. El teléfono siempre estaba a su alcance, y su propia madre terminó pasando a un segundo plano.

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