El aleta amarilla quijada, aunque comestible, es infinitamente más barato y común. Vender uno al precio del otro no era un error administrativo, era una estafa deliberada, un robo descarado disfrazado de tecnicismo. Ana continuó traduciendo al español para que Rodrigo no pudiera fingir ignorancia, para que cada persona en esa sala, desde el gerente hasta el lavaplatos, entendiera la magnitud del engaño. La cláusula permite al proveedor sustituir el producto premium por pescado de segunda categoría, previamente congelado por más de 6 meses, si el mercado lo requiere.
Básicamente, señor Valdés, usted planeaba cobrarles millones por pescado viejo, apostando a que su confianza y la barrera del idioma les impedirían leer la letra pequeña. Rodrigo retrocedió como si le hubieran dado una bofetada física. Eso es mentira, bramó, aunque el temblor en sus manos lo delataba. Es un estándar de la industria. Tú no sabes nada de pescado. Eres una simple limpiadora. Ana lo miró con una lástima profunda. Que no sé nada, preguntó suavemente. Crecí en la cocina de la pensión de mi abuelo Tadashi.
Aprendí a limpiar pescado antes de aprender a caminar. Aprendí que el ojo de un atún fresco debe brillar como el cristal, no estar hundido y opaco como su conciencia. Señor Valdés. Aprendí que la carne del maguro tiene un color rubí profundo que no necesita tintes ni trucos. Dio un paso hacia la mesa, su presencia llenando la habitación. Tadashi me enseñó que cuando sirves comida a alguien, le estás entregando tu confianza. Poner un plato en la mesa es un acto sagrado.
Intentar engañar a quien se sienta a comer contigo es la forma más baja de deshonor. Usted no solo quería robarle su dinero, quería insultar su paladar y su confianza. Los ojos de Ana brillaban con lágrimas contenidas, pero esta vez no eran por ella. Eran por la memoria de Tadashi, el anciano bondadoso que la había recogido de la calle junto a su madre cuando no tenían nada. Él, que había perdido su propio restaurante por negarse a bajar la calidad para competir con cadenas baratas, él que había muerto pobre, pero con el alma intacta.
Defender la verdad en ese momento era la mejor ofrenda que Ana podía hacerle. El señor Tanaka levantó la vista del contrato. Su rostro, habitualmente impasible, estaba ahora endurecido por una ira fría y controlada, mucho más aterradora que los gritos histéricos de Rodrigo. “Valdés San”, dijo Tanaka. Su voz era baja, pero resonó con la fuerza de un veredicto final. Rodrigo intentó sonreír. Una mueca grotesca que parecía una herida en su cara. “Señor Tanaka, por favor, no escuche a esta loca.
Es es un malentendido. Podemos renegociar. Esa cláusula es solo un borrador. Yo, dáme. Cállate. Ordenó Tanaka en japonés. Y aunque Rodrigo no entendió la palabra, el tono fue suficiente para silenciarlo de golpe. Tanaka se puso de pie lentamente con la dignidad de un emperador ofendido. Tomó el contrato con ambas manos. El papel crujió bajo sus dedos. Vinimos aquí buscando un socio, dijo Tanaka en un inglés perfecto y cortante, sorprendiendo a Rodrigo aún más. Pensamos que habíamos encontrado un hombre de negocios, pero veo que solo encontramos a un estafador sin honor.
Y entonces sucedió con un movimiento seco y preciso, el señor Tanaka rompió el contrato por la mitad. El sonido del papel rasgado fue definitivo, como el chasquido de un hueso al romperse. Luego juntó las mitades y las volvió a romper una y otra vez hasta que el documento legal, la llave de la fortuna de Rodrigo, quedó reducido a un puñado de confeti inútil que dejó caer sobre el plato de comida intacto del millonario. No. El grito de Rodrigo fue animal, desgarrador.
se lanzó hacia la mesa intentando salvar los pedazos como si pudiera pegarlos con la fuerza de su desesperación. ¿Qué han hecho? Estábamos a punto de firmar. Están cometiendo un error terrible. El único error, dijo el señor Sato, poniéndose de pie junto a Tanaka, fue aceptar su invitación. “Vámonos”, añadió el señor Yamamoto, lanzando una mirada de desprecio absoluto hacia Rodrigo. “El aire aquí está demasiado sucio para respirar.” Los tres inversionistas hicieron ademán de retirarse. Rodrigo, viendo cómo su futuro se desmoronaba, perdió el último vestigio de cordura que le quedaba.
La humillación pública a la pérdida del negocio, el desprecio de sus propios socios que ahora lo miraban con horror. Todo era culpa de ella, de la chica de la limpieza. La furia ciega se apoderó de él. Rodrigo se giró hacia Ana con los puños cerrados, su rostro deformado por la ira. Tú, rugió escupiendo saliva. muerta de hambre. Arruinaste todo. Te voy a matar. Te voy a destruir. Rodrigo se abalanzó sobre Ana. Ella por instinto levantó los brazos para protegerse, esperando el golpe.
Pero el golpe nunca llegó. Una mano firme, fuerte y decidida interceptó el brazo de Rodrigo en el aire. No fue un guardia de seguridad, no fue uno de los socios, fue el señor Tanaka. A pesar de su edad, el anciano japonés tenía un agarre de hierro. Sostuvo la muñeca de Rodrigo con una fuerza sorprendente, deteniendo el ataque en seco. Sus ojos oscuros detrás de las gafas brillaban con la intensidad de un samurá desenvainando su katana. “Sabar una, no la toques, gruñó Tanaka.” Rodrigo intentó soltarse, pero el agarre era inamovible.
Suélteme, chilló Rodrigo. Es mi empleada. Puedo hacer con ella lo que quiera. Te reduciré el monto del contrato de tu sueldo. ¿Me oyes? Lárgate de mi vista antes de que llame a la policía y diga que me robaste. Ana bajó los brazos lentamente, mirando al hombre que la había aterrorizado minutos antes, ahora sostenido por un anciano y gritando como un niño malcriado. Rodrigo parecía patético, pequeño, insignificante. El señor Tanaka empujó a Rodrigo hacia atrás con un gesto de desdén, haciéndolo tropezar y caer sentada en su propia silla de lujo.
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