El millonario quedó ahí jadeando con la corbata desalineada y el cabello revuelto. la imagen viva de la derrota. El anciano Tanaka se giró hacia ella y por segunda vez esa noche le hizo una reverencia, pero esta vez no fue una reverencia de disculpa, fue una reverencia de gratitud. Nos has salvado de un gran error, Ousan, dijo Tanaka suavemente. Tu honestidad vale más que todo el oro que este hombre pueda ofrecer. En Japón decimos que la flor del loto nace en el barro, pero permanece inmaculada.
Tú eres esa flor. Los socios de Rodrigo, viendo hacia dónde soplaba el viento y temiendo por su propia reputación, comenzaron a levantarse discretamente, murmurando excusas, dejando a Rodrigo solo en su mesa llena de papeles rotos. Los meseros, el gerente, los cocineros, todos observaban la escena con una mezcla de shock y admiración. Nadie se movió para ayudar a Rodrigo. Nadie le ofreció una servilleta. Ana sintió una mano cálida en su hombro. Era el señor Sato, sonriéndole amablemente. “Por favor, acompáñanos”, dijo.
No podemos permitir que te quedes ni un minuto más cerca de este hombre. Rodrigo desde su silla levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas de frustración impotente. “¡No puedes irte”, gritó su voz ahora un gemido ronco. “¿Trabajas para mí?” Ana se quitó el delantal manchado, lo dobló con cuidado con esa dignidad que Tadashi le había enseñado y lo colocó suavemente sobre la mesa, justo encima de los restos del contrato destruido. Renuncio. Se dio la vuelta y flanqueada por los tres inversionistas japoneses, caminó hacia la salida.
No miró atrás. No necesitaba hacerlo. Sabía que dejaba atrás un naufragio y por primera vez en mucho tiempo caminaba hacia un horizonte que no estaba nublado por el miedo. Rodrigo Valdés se quedó solo, rodeado de lujo y vacío, mientras el eco de sus propios errores retumbaba en las paredes del restaurante. La apuesta que había lanzado para divertirse se había convertido en su propia sentencia y todo porque subestimó el poder de la verdad en boca de quien no tiene nada que perder.
Ana caminaba hacia la salida, pero no como quien huye, sino como quien guía. A su lado, el señor Tanaka, el señor Sato y el señor Yamamoto avanzaban con paso firme, ignorando deliberadamente la figura patética de Rodrigo. Para ellos, él ya no existía. En la cultura del honor, la inexistencia es el castigo final para quien ha perdido su rostro. Justo antes de llegar a las puertas de cristal esmerilado que separaban el salón B del resto del mundo, el señor Tanaka se detuvo.
Se giró suavemente hacia Ana, sus ojos brillando con una calidez paternal que contrastaba con la frialdad que había mostrado hacia el millonario. “Ana San dijo Tanaka usando el sufijo de cortesía que se reserva para los iguales o los respetados, eliminando para siempre la barrera entre el inversionista y la empleada.” Espera un momento, por favor. Ana se detuvo y lo miró. Aún sentía el corazón galopando en su pecho, una mezcla de adrenalina y el miedo residual de quien ha saltado al vacío, sin saber si tenía alas.
“Dígame, señor Tanca”, respondió ella, manteniendo la compostura, aunque sus manos temblaban ligeramente al costado de su cuerpo. El anciano empresario metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una tarjeta de presentación. No era una tarjeta común. Era de un papel grueso texturizado, con letras grabadas en oro y negro. Con ambas manos, como dictaba el protocolo, se la ofreció a Ana. Nuestra empresa Tanaca Global no solo busca socios comerciales”, comenzó a decir su voz resonando suavemente en el vestíbulo.
Buscamos guardianes, personas que entiendan que el negocio no es solo números, sino confianza. Personas que sepan que un contrato roto se puede volver a imprimir, pero una palabra rota no se puede reparar. El señor Sato asintió a su lado, interviniendo con una sonrisa respetuosa. Llevamos meses buscando a alguien que dirija nuestra nueva división de enlace cultural aquí en la ciudad. Necesitamos a alguien que entienda el idioma, sí, pero sobre todo que entienda el alma de nuestra cultura.
Alguien que no permita que nos vendan aleta amarilla por atún rojo. Ana miró la tarjeta en sus manos. Director de operaciones internacionales. Las letras doradas parecían bailar ante sus ojos. Señor Tanca, yo Ana balbuceó, la emoción cerrándole la garganta. Yo no tengo un título universitario. Dejé mis estudios para cuidar a Tadashi. Solo soy. He sido limpiadora los últimos 3 años. Tanaka negó con la cabeza suavemente. La universidad te da conocimientos técnicos, Anas, pero la integridad, la integridad no se enseña en las aulas, se forja en el fuego de la vida.
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