$,000 el precio de su dignidad, según este hombre. Y bien”, insistió Rodrigo chasqueando la lengua con impaciencia. “¿Te vas a quedar ahí parada como una estatua de sal o vas a intentar ganarte el pan?” Ana abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta. No era miedo escénico, o al menos no solo eso, era la conciencia brutal de lo que esos billetes significaban. En su mente, la imagen del lujoso restaurante se desvaneció por un segundo, reemplazada por la penumbra de la pequeña habitación que compartía con Tadashi.
Lo vio sentado en su viejo sillón con esa tos seca y persistente que le sacudía el pecho cada noche como un terremoto en un cuerpo frágil. recordó la visita al especialista la semana anterior, el rostro serio del doctor mientras le entregaba una receta que costaba una fortuna, una cifra imposible para alguien que contaba las monedas para comprar arroz y verduras. Sin este tratamiento, sus pulmones no aguantarán el invierno, había dicho el médico. Y desde entonces esa frase resonaba en la cabeza de Ana como una cuenta regresiva.
$1,000. Con ese dinero podría comprar los medicamentos para tr meses. Podría comprarle una manta eléctrica para que no pasara frío. Podría quizás comprarle un poco de tiempo. Su mano derecha se movió involuntariamente. Un espasmo nacido de la necesidad pura. Rodrigo lo notó y soltó una carcajada cruel, interpretando el gesto como avaricia simple y llana. “Aja!”, exclamó girándose hacia sus socios con una sonrisa triunfal. ¿Lo vieron? Le brillaron los ojos. Al final todos tienen un precio, incluso la servidumbre.
Ana bajó la mano rápidamente avergonzada, sintiendo como el calor le subía por el cuello hasta las orejas. Rodrigo, envalentonado por su propia audiencia, decidió que el espectáculo necesitaba más drama. se volvió hacia los inversionistas japoneses, quienes permanecían en un silencio sepulcral, observando la escena con rostros inescrutables. “¡Miren a estos tipos”, dijo Rodrigo en español con voz fuerte y clara, asumiendo con total arrogancia que la barrera del idioma era un muro impenetrable. “Están ahí sentados, rígidos como muñecos de madera.
Se creen muy listos con sus trajes y sus reverencias, pero no tienen ni idea de dónde se han metido. Caminó alrededor de la mesa, posando una mano sobre el respaldo de la silla del señor Tanaka, quien se tensó visiblemente ante el contacto no solicitado. “Son unos ingenuos”, continuó Rodrigo guiñándole un ojo a uno de sus socios mexicanos. ¿Creen que van a firmar el negocio del siglo? Se van a llevar contenedores llenos de pescado de segunda congelado hace meses y me lo van a pagar como si fuera atún recién pescado en las costas de Japón.
Y lo mejor de todo es que me van a dar las gracias con una reverencia. Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Entendía perfectamente lo que Rodrigo estaba diciendo. No solo la estaba humillando a ella, estaba insultando a sus invitados, planeando estafarlos en su propia cara, confiado en su ignorancia del idioma. La indignación comenzó a burbujear en su estómago, mezclándose con la vergüenza. Tadashi le había enseñado que la honestidad era el pilar de la vida. Escuchar a este hombre hablar con tanto descaro sobre engañar a otros le revolvía las entrañas.
Pero volvamos a lo importante, dijo Rodrigo, regresando su atención a Ana como un depredador que vuelve a jugar con su presa. Tú, la chica del trapo. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, hasta que Ana pudo oler el rastro agrio del alcohol en su aliento mezclado con la menta. “Te estoy ofreciendo la oportunidad de tu vida”, susurró bajando el tono a una falsa confidencia. “¿Sabes lo que podrías hacer con este dinero? Podrías comprarte ropa que no parezca sacada de la basura.
Podrías arreglarte ese cabello. Quizás hasta podrías pretender alguien decente por un día. Ana apretó los labios conteniendo las lágrimas de rabia. No era solo la humillación personal, era el dolor de saber que él tenía razón en una cosa. Necesitaba ese dinero. Lo necesitaba tanto que dolía físicamente. “Vamos, inténtalo”, insistió Rodrigo golpeando suavemente el fajo de billetes contra el hombro de Ana. “Solo tienes que balbucear algo con Ichiwa Arigato. Hazles una reverencia exagerada, a ellos les encantan esas tonterías.
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