Haznos reír. Ana miró a los inversionistas. El señor Tanaka la observaba fijamente. En sus ojos oscuros no había burla, sino una extraña mezcla de curiosidad y espera. Parecía estar evaluándola, no por su ropa sucia, sino por algo más profundo. Ana recordó las lecciones de Tadashi sobre el One y el Tatemae, la verdadera intención y la fachada pública. Rodrigo era todo fachada, un cascarón vacío de honor. Pero en los ojos de Tanaka, Ana creyó ver un destello de humanidad.
Señor, empezó Ana, su voz temblando ligeramente. Más fuerte, ladró Rodrigo interrumpiéndola. Que te escuchen hasta en la cocina. Gánate tu premio. Rodrigo tomó el fajo de billetes y en un gesto de suprema arrogancia comenzó a pasarlos lentamente por la cara de Ana, como si estuviera acariciando a una mascota. El papel rozó su mejilla, su nariz, sus labios. Era una caricia humillante, degradante, diseñada para recordar quién tenía el poder y quién estaba a merced de las circunstancias. ¿No quieres dejar de ser una muerta de hambre?
Habla, di algo, lo que sea. sea, diviértenos. La sala entera parecía contener el aliento. Los meseros en el fondo desviaron la mirada, incapaces de presenciar tal abuso. Los socios de Rodrigo reían, pero sus risas sonaban huecas, forzadas. teñidas de una incomodidad creciente. Incluso para ellos el límite se había cruzado. Pero nadie se atrevía a detener al jefe. Nadie, excepto Ana, que estaba allí parada, soportando el peso de la soberbia de un hombre que creía que el dinero le daba derecho a pisotear la dignidad ajena.
Ana cerró los ojos por un segundo, sintió la textura de los billetes en su piel y sintió asco, pero luego vio la cara de Tadashi sonriéndole, entregándole un tazón de sopa. caliente en una noche de invierno. Vio sus manos arrugadas, enseñándole a escribir los kanjis de respeto y coraje. “El dinero es necesario para vivir, Ana Chan”, le decía él. “Pero el honor es necesario para vivir con la cabeza alta”. Ana cerró los ojos un segundo más, inhalando profundamente.
Al exhalar, soltó el peso de su uniforme sucio, el dolor de sus manos agrietadas y la angustia de las deudas. Cuando volvió a abrir los párpados, la chica asustada que había entrado a recoger cristales rotos ya no estaba allí. Lentamente, con una gracia que parecía imposible en alguien que vestía un delantal manchado de grasa, Ana juntó los talones, enderezó la espalda, borrando la curvatura de años de sumisión y cansancio. Sus manos, antes temblorosas y escondidas, se colocaron suavemente frente a su regazo, una sobre la otra, en la posición perfecta de espera atenta.
Rodrigo parpadeó confundido. La presa no estaba reaccionando como debía. No había lágrimas. No había súplicas, no había huida, solo una calma extraña inquietante que emanaba de ella como una ola de frío. ¿Qué haces? Preguntó Rodrigo bajando un poco la mano con el dinero, su sonrisa vacilando por primera vez. ¿Te dio un ataque o qué? Ana no le respondió. En su lugar, giró levemente el torso hacia los tres hombres sentados frente a ella. Ignoró a Rodrigo por completo, como si fuera una mosca molesta zumbando en la periferia de su visión.
Sus ojos oscuros se encontraron con los del señor Tanaka y en esa conexión silenciosa hubo un reconocimiento y entonces Ana se inclinó. No fue una inclinación cualquiera. No fue el gesto rápido y servil que hacían los meseros del lugar para ganar propinas. Fue un saiki perfecto, una reverencia profunda de 45 gr, sostenida con una precisión matemática, ejecutada con la solemnidad de quien entra en un templo sagrado. La sala quedó petrificada. El movimiento fue tan elegante, tan cargado de dignidad ancestral, que parecía que Ana hubiera cambiado su uniforme gris por un kimono de seda imperial.
Al incorporarse, Ana abrió los labios y el sonido que salió de ellos no tuvo nada que ver con el español tímido que había usado antes. Irá y mase o mátaseita dijo, su voz clara y melodiosa resonando con una autoridad suave que cortó el aire. Rodrigo soltó una risa nerviosa, un sonido seco y desagradable. ¿Qué? ¿Qué diablos es eso? Ladró mirando a sus socios. Está hablando en lenguas. Suena como si estuviera escupiendo, pero nadie se rió con él esta vez.
Sus socios estaban boquiabiertos, mirando a la chica de la limpieza como si acabara de levitar. Ana continuó sin romper el contacto visual con los invitados. No estaba usando el japonés coloquial que se aprende en los animes o en los libros de turistas. Estaba hablando en Son Keigo y Kenyogo, los niveles más altos y honoríficos del idioma, reservados para situaciones de extrema formalidad y respeto, un lenguaje que incluso muchos japoneses nativos encontraban difícil de dominar a la perfección.
Taen Shitsure y Tashimashita prosiguió Ana, su tono impregnado de una disculpa profunda y sincera. En un japonés perfecto continuó. Lamento profundamente la terrible falta de educación que han tenido que presenciar. Les pido mis más sinceras disculpas desde el fondo de mi corazón por este comportamiento tan grosero. Es una vergüenza que nuestra hospitalidad haya fallado de esta manera. El señor Tanaka, que hasta ese momento había mantenido una máscara de indiferencia pétrea, abrió los ojos de par en par.
Continúa en la página siguiente:
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
