“Te doy mil dolares si me atiendes en japonés” se burló el millonario.. ella habló y calló a todos…

La frase era poética, profunda y golpeaba directamente en el centro de la filosofía que ellos valoraban y que Rodrigo había pisoteado toda la noche. Suden y Gochuon Wo Kimari Oimari de Souka ya han decidido qué desean ordenar, preguntó Ana sacando una pequeña libreta y un bolígrafo del bolsillo de su delantal. Movimientos que ejecutó con la delicadeza de una ceremonia del té. El señor Tanaka la miró fijamente durante unos segundos eternos. Luego lentamente una sonrisa genuina llena de respeto se dibujó en su rostro severo.

Kimineruyo, te lo encargo a ti, dijo Tanaka. Kimos Susume Wo, lo que tú recomiendes. Era una prueba de confianza absoluta. En la cultura de negocios japonesa, dejar que el anfitrión, o en este caso quien servía eligiera el menú, era un honor, una señal de que se sentían en buenas manos. Ana asintió con una reverencia corta y respetuosa. Entendido y obedecido, se giró hacia Rodrigo, quien estaba boquiabierto, con la boca abriéndose y cerrándose como un pez fuera del agua.

El silencio en el restaurante era absoluto. Nadie comía, nadie hablaba, todas las miradas estaban fijas en esa pequeña mujer que de repente parecía medir 3 m de altura. “Los señores han decidido que yo elija el menú por ellos”, dijo Ana en español. Su voz resonando clara en el salón. Sugiero que empecemos con el sashimiwas especial seguido de Wagu a la parrilla. Y por favor traiga el saque Yumaida y Jinjo que tienen en la bodega privada. No el de la casa que estaban sirviendo.

Ellos saben la diferencia. Rodrigo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No solo había entendido, no solo había hablado, había tomado el mando y lo peor de todo lo había hecho con una clase que él, con todos sus millones y sus trajes italianos, jamás podría comprar. Tú, tú, balbuceó Rodrigo, señalándola con un dedo tembloroso. Esto es un truco, es una estafa. Seguro estás inventando palabras. No voy a pagarte nada. Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.

El señor Tanaka, el líder del grupo, el hombre que controlaba inversiones por miles de millones de dólares, se puso de pie lentamente. Sus dos compañeros lo imitaron de inmediato. Rodrigo se enderezó pensando que por fin se iban a ir, indignados por la insolencia de la empleada. Exacto. Exclamó Rodrigo. Váyanse. Esta mujer está loca. Yo me encargo de echarla ahora mismo. Pero los japoneses no miraron a Rodrigo. Lo ignoraron como si fuera invisible, como si fuera una mancha en el mantel.

Los tres hombres se giraron hacia Ana y allí, en medio del restaurante de lujo, frente a la mirada atónita de 50 comensales y del personal entero, los tres poderosos empresarios juntaron sus manos a los costados y se inclinaron ante ella. Una reverencia profunda, una reverencia de igual a igual. oeste incluso de superior a maestro. El tiempo pareció detenerse. El sonido de un tenedor cayendo al suelo en una mesa lejana sonó como una explosión. Rodrigo se quedó helado con los ojos desorbitados, la sonrisa congelada en una mueca grotesca de terror.

“Arigato Gozaimasu”, dijo Tanaka, manteniendo la inclinación. Anata no Yunaki Narukata ni Aete K deu. Es un honor conocer a alguien con tanta nobleza como usted. Ana devolvió la reverencia con lágrimas brillando en sus ojos, pero sin derramar ninguna. Había recuperado su nombre, había recuperado su historia. Y en ese intercambio silencioso de respeto, la jerarquía del dinero se había hecho pedazos. Rodrigo miraba la escena sin comprender. Su cerebro no podía procesar lo que veía. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía esa mujer sucia y pobre recibir el respeto que a él, un hombre de éxito, le habían negado toda la noche?

La humillación que había intentado infligir se había dado la vuelta como un bomerán, golpeándolo directamente en el rostro con una fuerza brutal. Los socios de Rodrigo bajaron la cabeza, avergonzados, incapaces de sostener la mirada de nadie. El personal de cocina, asomado por la puerta batiente, sonreía con orgullo, algunos chocando los puños en silencio. Ana se enderezó y miró a Rodrigo. Ya no había rastro de la empleada sumisa. El dinero, señor Valdés, dijo ella suavemente, señalando el fajo de billetes que Rodrigo aún sostenía en su mano flácida.

 

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