“Te doy mil dolares si me atiendes en japonés” se burló el millonario.. ella habló y calló a todos…

Creo que he cumplido mi parte del trato. Los he entendido, los he atendido y lo he hecho en japonés. Rodrigo apretó el dinero con fuerza, sus nudillos blancos, la rabia le subía por la garganta como Bilis. Quería gritar, quería golpearla, quería hacer algo para recuperar su poder, pero sabía que cualquier movimiento en falso ahora sería su tumba social. Estaba atrapado, atrapado por su propia apuesta, por su propia soberbia. Esto no se va a quedar así, sisó entre dientes, lanzando los billetes sobre la mesa con desprecio, como si quemaran.

Toma tu limosna, pero no creas que has ganado. Mañana estarás en la calle. Ana miró el dinero esparcido sobre el mármol negro. La medicina de Tadashi, la calefacción, la comida, estaban ahí al alcance de su mano. Pero entonces miró a los japoneses que la observaban con expectativa y recordó algo más. recordó por qué Tadashi había perdido su propio restaurante años atrás por no ceder ante hombres como Rodrigo. Ana tomó el dinero, pero no se lo guardó. Lo sostuvo en su mano un momento, sintiendo su textura, y luego hizo algo que nadie esperaba.

Tiene razón, señor Valdés”, dijo Ana, su voz endureciéndose. Esto no se queda así, porque hay algo más que estos señores deben saber antes de comer. Algo que usted creyó que podía ocultar porque pensó que nadie aquí entendía su idioma ni sus intenciones. Rodrigo palideció. El color abandonó su rostro tan rápido que parecía enfermo. ¿De qué estás hablando? Tartamudeó. El pánico empezando a filtrarse en su voz. Ana se giró hacia la mesa posando su mano sobre la carpeta de cuero que contenía el contrato que Rodrigo había estado presionando para firmar toda la noche.

Ese contrato fraudulento, lleno de mentiras sobre la calidad del pescado, esa estafa maestra que iba a hacer rico a Rodrigo a costa del honor de los japoneses. Ana lo sabía. había escuchado cada palabra que Rodrigo había dicho en español a sus socios mientras se burlaba de los ingenuos asiáticos y conocía el negocio del pescado mejor que nadie, porque antes de la pobreza, antes de la limpieza, ella había crecido entre los mejores mercados de abastos, aprendiendo a distinguir un atom bluofin de una imitación barata con solo mirar el brillo de la carne.

“Señor Tanca”, dijo Ana en japonés, su voz resonando como una sentencia judicial. Antes de que firmen nada, necesitan ver la cláusula. Siete. El silencio en la sala se rompió con el sonido seco de Rodrigo, tratando de arrebatarle la carpeta, pero fue demasiado tarde. La verdad estaba a punto de salir a la luz y esta vez no había dinero en el mundo que pudiera comprar el silencio de Ana. El señor Tanaka ajustó sus gafas con un movimiento lento y deliberado.

Sus ojos recorrieron las líneas del contrato, deteniéndose específicamente en el párrafo que Ana había señalado. A su lado, el señor Sato y el señor Yamamoto se inclinaron leyendo sobre el hombro de su líder. El ambiente se cargó de una frialdad glacial. Cora, esto es, murmuró Sato, frunciendo el ceño con incredulidad. Rodrigo, desesperado, intentó cambiar el foco de atención. No le hagan caso gritó su voz rompiéndose en un gallo patético. Esa mujer no sabe leer contratos. Es una ignorante.

Seguro está inventando cosas para vengarse porque no le di el dinero. Se volvió hacia Ana, sus ojos inyectados en sangre, llenos de un odio puro y destilado. “Diles que mientes”, le exigió, avanzando un paso hacia ella con actitud amenazante. Diles que no sabes nada de negocios internacionales o te juro que el señor Valdés tiene razón en una cosa interrumpió Ana, su voz tranquila cortando los gritos del millonario como una hoja de acero afilada. No soy abogada de negocios internacionales, pero soy nieta de Tadashi y sé distinguir un pescado podrido cuando lo huelo, aunque esté escondido bajo 1000 capas de papel legal.

Ana se giró hacia los inversionistas y cambió al japonés con una fluidez que hizo que los meseros en el fondo de la sala se miraran entre sí, asombrados. “Señor Tanaka, por favor, mire la cláusula siete”, dijo Ana en japonés señalando el documento. Allí dice atún rojo, pero en la letra pequeña se garantiza el derecho a usar al letra amarilla como sustituto. La revelación cayó como una bomba. El atún rojo on maguro es el rey del sushi. Una delicia preciada y costosa.

 

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