“¿Tendrías Un Pastel Caducado Para Mi Esposa?” Preguntó El Sintecho… Pero El Millonario Lo Vio Todo…

Aquella sonrisa se desvaneció instantáneamente cuando vio acercarse a Antonio. Antonio habló con voz baja, casi un susurro, intentando no llamar la atención. Explicó que era su aniversario de boda, que su esposa estaba enferma, que no tenían dinero, pero él quería hacerle un regalo. Preguntó si por casualidad tendrían alguna tarta a punto de caducar, algo que fueran a tirar. De todos modos, cualquier cosa valdría. La respuesta de Javier fue una carcajada despectiva, una risa fuerte, deliberadamente alta, que atrajo la atención de todos los presentes.

Le dijo a Antonio que aquello era un local para gente decente, no un albergue para vagabundos. Le dijo que se fuera inmediatamente antes de que llamara a la policía. Le dijo que gente como él no debería ni atreverse a entrar en un sitio así. Antonio bajó la cabeza, sintió las lágrimas picarle en los ojos, pero se negó a llorar. No allí, no delante de aquella gente. Se dio la vuelta para marcharse, los hombros curvados bajo el peso de la humillación.

Pero en ese momento, desde una mesa en el rincón más alejado de la pastelería, se levantó un hombre. Carlos Mendoza tenía 67 años y una fortuna estimada en varios miles de millones de euros. era el propietario de la cadena de hoteles de lujo Mendoza Palas con establecimientos en toda Europa. También poseía restaurantes, bodegas en La Rioja, inmuebles por media España. Los periódicos lo llamaban uno de los hombres más poderosos del país. Pero aquella mañana Carlos no estaba en Madrid por negocios.

Estaba allí por un motivo mucho más personal. había llegado a la pastelería imperial para un encuentro con un viejo amigo, un encuentro que luego había sido cancelado a última hora. Se había quedado de todos modos sentado en su mesa del rincón, tomando un cortado y mirando por la ventana. Estaba pensando en su esposa, Lucía, fallecida 4 años antes tras una larga enfermedad. Pensaba en cómo el dinero, todo su dinero, no había conseguido salvarla. pensaba en lo solo que se sentía a pesar de sus mansiones, sus yates, sus cuentas bancarias.

Entonces había entrado Antonio. Carlos había observado la escena en silencio. Había visto la dignidad con que aquel hombre mayor se había acercado al mostrador. Había oído cada palabra de su petición pronunciada con vergüenza, pero también con un amor evidente por su esposa. Había visto la reacción del pastelero, aquella risa cruel, aquella humillación pública de un hombre que no había hecho nada malo, excepto ser pobre, y algo dentro de Carlos se había roto. Se levantó de la mesa y atravesó la pastelería con paso decidido.

su ropa. Un sencillo jersey de cachemira y pantalones elegantes no delataba inmediatamente su riqueza, pero su postura, su porte, la forma en que se movía, hablaban de un hombre acostumbrado al mando. Se detuvo junto a Antonio, que estaba a punto de salir, y le puso una mano en el hombro. Antonio se giró los ojos húmedos, esperando probablemente otro insulto. En cambio, encontró la mirada amable de un desconocido. Carlos se dirigió al pastelero con una voz calmada, pero gélida.

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