Preguntó si esa era la forma en que trataba a los clientes. Javier, sin reconocer a Carlos, respondió con arrogancia que aquel no era un cliente, solo era un vagabundo que apestaba y molestaba a la clientela respetable. Carlos asintió lentamente, luego preguntó cuánto costaba la tarta más cara del establecimiento. Javier, confuso por el cambio de tema, señaló una tarta de tres pisos decorada con chocolate belga y fresas frescas. Costaba 350 € Carlos sacó la cartera y dejó sobre el mostrador cuatro billetes de 100 € dijo que se llevaría aquella tarta y que se la regalaría al señor que tenía al lado para su aniversario de boda.
El silencio en la pastelería era absoluto. Javier miraba el dinero en el mostrador, luego a Antonio, luego a Carlos intentando entender qué estaba pasando. Antonio miraba a Carlos con ojos incrédulos, la boca abierta. incapaz de encontrar las palabras. Carlos no había terminado, se dirigió nuevamente al pastelero y le dijo que estaba asqueado por su comportamiento. Le dijo que debería avergonzarse de tratar así a un ser humano. Le dijo que la verdadera elegancia no estaba en las tartas caras ni en las lámparas de cristal, sino en la forma en que se trataba a las personas.
Javier balbuceó algo intentando justificarse, pero Carlos lo interrumpió. Se presentó. dijo su nombre, el nombre de su empresa, el nombre de los hoteles que poseía y dijo que desde ese momento la pastelería imperial perdería todos los contratos con sus hoteles, todos los suministros, todas las colaboraciones. El rostro de Javier pasó de la arrogancia al terror en un instante. empezó a disculparse frenéticamente, a decir que había sido un malentendido, que no sabía quién era Carlos, pero Carlos lo detuvo con un gesto de la mano.
Dijo que sus disculpas no le interesaban a él. Si Javier quería disculparse, debía hacerlo con Antonio y debía hacerlo sinceramente. Antonio no podía creer lo que estaba sucediendo. Pocos minutos antes había sido humillado, echado como un perro callejero. Ahora tenía delante una tarta que costaba más de lo que él había visto en meses y un hombre poderoso que defendía su honor. Javier se acercó a Antonio con la cabeza gacha. Sus disculpas fueron torpes, claramente dictadas por el miedo a perder los lucrativos contratos con los hoteles Mendoza, pero las dijo.
Pidió perdón por sus palabras, por su falta de respeto. Antonio, con una dignidad que sorprendió a todos los presentes, aceptó las disculpas con un simple gesto de cabeza. No dijo nada malo. No aprovechó el momento para humillar a quien lo había humillado. Simplemente aceptó y se volvió hacia Carlos. Carlos vio en aquellos ojos algo que lo impactó profundamente. No había rabia, no había resentimiento, solo había gratitud y una dignidad tranquila que ninguna pobreza había conseguido erosionar. En aquel instante, Carlos comprendió que estaba ante un hombre especial.
Pidió a Antonio que se sentara con él en la mesa. Antonio dudó mirando su ropa sucia, sus manos callosas, pero Carlos insistió. Y así se sentaron juntos, el multimillonario y el sin techtecho, frente a dos cafés calientes. Antonio contó su historia. Habló de la empresa que había quebrado, del trabajo que no conseguía encontrar, de la enfermedad de Carmen, del descenso hacia la calle. Habló sin autocompasión, sin pedir piedad. contaba los hechos simplemente. Carlos escuchaba en silencio y cuanto más escuchaba más se sentía conmovido.
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