Antonio no conseguía hablar. Miraba a Carlos intentando entender si era una broma, un sueño, una alucinación causada por el hambre. Pero Carlos, hablaba en serio. Dijo que había visto en Antonio cualidades raras, dignidad, honestidad, una ética de trabajo evidente por la forma en que hablaba de su pasado en la construcción. Carmen empezó a llorar silenciosamente. No podía creer que su suerte estuviera cambiando así en un solo día, gracias a una tarta que nunca habían comprado. Pero había más, continuó Carlos.
Carmen necesitaba atención médica y él proveería. Tenía a los mejores médicos a su disposición y Carmen tendría acceso a todos los exámenes, todos los tratamientos necesarios. No por caridad, precisó, sino porque era lo correcto. Antonio finalmente encontró las palabras. Preguntó, ¿por qué? ¿Por qué un hombre que no los conocía hacía todo esto por ellos? Carlos permaneció en silencio durante un largo momento. Luego habló de Lucía, su esposa. Habló de cómo la había perdido, de cómo todo su dinero no había servido para nada.
habló de la soledad que sentía cada día, de la sensación de inutilidad a pesar de todos sus éxitos. Y dijo que ver a Antonio aquella mañana, ver su amor por Carmen, ver su dignidad a pesar de todo, le había recordado lo que significaba ser verdaderamente rico. La verdadera riqueza, dijo Carlos, no estaba en las cuentas bancarias, estaba en el amor, en la conexión humana, en la capacidad de ver la belleza, incluso en los momentos más oscuros. Antonio tenía esa riqueza y Carlos quería aprenderla de él.
Antonio se levantó lentamente, miró a Carmen, que asintió entre lágrimas. Luego estrechó la mano de Carlos con una fuerza sorprendente para un hombre de su aspecto frágil. Aceptaba la propuesta, no por él, sino por Carmen, para darle finalmente los cuidados que necesitaba. Carlos sonríó. Era una sonrisa genuina, algo que sus socios de negocios veían raramente. Dijo que al día siguiente mandaría un coche a recogerlos, que podrían llevarse todo lo que quisieran conservar. El nuevo capítulo de sus vidas estaba a punto de comenzar.
Aquella noche, bajo el puente, Antonio y Carmen comieron la tarta más cara que habían visto jamás. La comieron con las manos, riéndose como críos. El sabor era increíble, pero aún más increíble era la esperanza que sentían por primera vez en años. Carmen dijo que era el mejor aniversario de su vida. Antonio le besó la frente y le prometió que el próximo sería aún mejor. Los meses siguientes fueron un torbellino de cambios. El apartamento dentro del Mendoza, Palace, Madrid era pequeño pero cómodo.
Dos habitaciones, un baño en condiciones, una cocina donde Carmen podía finalmente cocinar de nuevo. Después de años bajo los puentes, parecía un palacio. Antonio empezó su trabajo con una dedicación que impresionó a todos. Se despertaba al alba, revisaba cada rincón del hotel, reparaba cualquier cosa que necesitara atención. Los compañeros lo miraban inicialmente con recelo, este exintecho que había conseguido el trabajo gracias al propietario, pero su ética laboral, su amabilidad, su disponibilidad conquistaron pronto a todos. Carmen fue examinada por los mejores neumólogos de Madrid.
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