El diagnóstico fue una neumonía crónica agravada por años de exposición al frío y la malnutrición, pero era tratable. Con los medicamentos adecuados, con una dieta apropiada, con el descanso en un ambiente cálido y seco, mejoraría. Y efectivamente mejoró. Semana tras semana el color volvió a sus mejillas. La tos disminuyó, luego desapareció casi por completo. Su voz volvió fuerte, su sonrisa luminosa. Antonio la veía reflorecer y daba gracias a Dios cada día por el milagro que había entrado en sus vidas.
Carlos venía a visitarlos regularmente, no para controlar el trabajo de Antonio, sino por el placer de su compañía. Se sentaba en su pequeño apartamento, bebía el café que Carmen preparaba con cuidado y hablaba durante horas. hablaba de su esposa Lucía, de los recuerdos felices, del vacío que había dejado. Y Antonio y Carmen escuchaban, consolaban, ofrecían la amistad sincera que Carlos no encontraba en sus círculos de ricos y poderosos. Una noche, Carlos confesó algo que nunca había dicho a nadie.
Dijo que se sentía culpable por su riqueza. Durante años había acumulado dinero, construido imperios, conquistado éxitos. Pero, ¿para qué? Su esposa había muerto. Sus hijos vivían en el extranjero y lo veían raramente. Sus amigos eran en realidad socios interesados solo en los negocios. Antonio escuchó en silencio. Luego dijo algo que Carlos no olvidó jamás. dijo que la riqueza no era una culpa, sino una responsabilidad, que Carlos tenía el poder de cambiar la vida de las personas como había cambiado la suya, y que usar ese poder para el bien era la mejor forma de honrar la memoria de Lucía.
Aquellas palabras plantaron una semilla en la mente de Carlos. En los meses siguientes, Carlos empezó a ver el mundo con ojos diferentes. Visitó los albergues para sin techo de la ciudad. habló con las personas que vivían en la calle, escuchó sus historias y se dio cuenta de que Antonio y Carmen no eran una excepción. Había miles de personas como ellos, buenas personas a las que la mala suerte había puesto de rodillas, que solo necesitaban una oportunidad para levantarse.
Decidió hacer algo, algo grande. Anunció la creación de la fundación Lucía Mendoza en memoria de su esposa. La fundación construiría viviendas para los sin techo. Ofrecería formación profesional y oportunidades de trabajo. Proporcionaría asistencia médica a quien no pudiera permitírsela. Carlos invirtió una parte significativa de su fortuna, cientos de millones de euros en este proyecto, y pidió a Antonio que le ayudara. Dos años después de aquella mañana en la pastelería, Antonio estaba en un escenario frente a cientos de personas.
Llevaba un traje nuevo, el primero que poseía en décadas. A su lado estaba Carmen, hermosa con un vestido azul, completamente recuperada y radiante. Y al otro lado estaba Carlos, que lo miraba con orgullo. Era la inauguración de la primera casa Lucía, un edificio de 40 apartamentos construido por la Fundación Mendoza para familias sin techo. Antonio había sido nombrado director del programa de reinserción laboral de la fundación. Su experiencia, su empatía, su capacidad de conectar con personas que lo habían perdido todo, lo hacían perfecto para ese papel.
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