Cortó tres trozos y los repartió. Antonio tomó la mano de Carmen y la besó. Carlos miró a sus amigos y sintió por primera vez en años que estaba exactamente donde debía estar. Fuera de la ventana, Madrid brillaba con luces. En algún lugar bajo un puente, una familia estaba durmiendo al frío. Pero pronto, gracias a la Fundación Lucía, también ellos tendrían una casa y quizás, como Antonio, encontrarían a alguien dispuesto a ver más allá de su ropa gastada, a reconocer su humanidad, porque al final esa era la lección más importante.
No hacía falta ser multimillonario para marcar la diferencia. Solo hacía falta ser humano. Solo hacía falta detenerse, mirar, ver a quién lo necesitaba y actuar. Javier Ruiz, el pastelero arrogante, había cerrado su negocio 6 meses después de aquella mañana. Los contratos perdidos con los hoteles Mendoza habían sido solo el principio. La historia se había difundido y nadie quería ya estar asociado con aquel hombre que se había reído en la cara de un anciano sin techo. Algunos decían que era un castigo excesivo, pero Antonio, con la generosidad que lo caracterizaba, había buscado a Javier y le había ofrecido un trabajo en el comedor de la fundación.
Javier había rechazado demasiado orgulloso, pero la oferta había sido hecha y eso decía todo lo que había que saber sobre el carácter de Antonio, porque la verdadera fuerza no estaba en la venganza, sino en el perdón, y la verdadera riqueza no estaba en acumular, sino en dar. Y esta historia que empezó con una tarta caducada que nunca se obtuvo, terminaba con una promesa. La promesa de que el amor, la dignidad y la compasión podían transformar no solo dos vidas, sino el mundo entero.
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