“Mamita, ya está grande… usted no gasta casi nada. Nosotros la cuidamos.”
Sonaba tierno… sonaba sincero…
pero algo dentro de mí llevaba meses inquieto.
Un día, decidí llamar a Jun.
“Hijo, ¿pasó algo? ¿Por qué no he recibido nada de lo que mandas?”
Se quedó helado.
“¿Cómo que nada? ¡Mamá, yo deposito cada mes! ¡Hasta me llaman del banco para confirmar! Revise bien, por favor.”
Sentí que la sangre se me iba.
Si él sí mandaba el dinero… ¿entonces quién lo tomaba?
Al día siguiente fui al banco y pedí un estado de cuenta.
La empleada revisó y me dijo con voz bajita:
“Abuelita, el dinero sí entra cada mes… pero luego se retira por cajero automático.”
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