Lo que me reveló después nos dejó a las dos en shock y cambió nuestras vidas para siempre.
El sol de Madrid caía como plomo fundido sobre las aceras del barrio de Salamanca. Yo, Lucía, de apenas diez años, sentía el asfalto quemar las plantas de mis pies descalzos. En mis brazos, una pequeña cesta de mimbre contenía los dulces caseros que mi madre, Elena, preparaba en las pocas horas que la fiebre le daba un respiro. Cada paso era un esfuerzo, un pequeño sacrificio en nombre de ella y de mi abuela, cuyas medicinas se acumulaban en una lista de deudas imposibles de pagar.

Mi madre no podía trabajar, postrada en la cama la mayor parte del día, y la abuela… la abuela luchaba en un hospital público que apenas tenía recursos. Vender dulces era mi única arma en esta guerra silenciosa. Puerta tras puerta, mansión tras mansión, me enfrentaba a miradas de indiferencia, a portazos secos y a negativas educadas pero firmes. Pero no me rendía. “Sé fuerte, mi luz”, me decía siempre mamá, y su voz era el motor que impulsaba mis piernas cansadas.
Entonces la vi. Una puerta que parecía la entrada a un castillo. De madera oscura, maciza, con un llamador de bronce en forma de león. Detrás, una mansión imponente se erigía rodeada de un jardín tan verde y perfecto que parecía irreal. Me quedé inmóvil, sintiéndome diminuta, una hormiga ante un gigante. Respiré hondo, caminé hacia la reja de forja y pulsé el timbre.
El silencio se prolongó tanto que pensé que no había nadie. Cuando ya me daba la vuelta, escuché el sonido de unos pasos firmes y el clic metálico de la cerradura. La puerta se abrió con un leve quejido, revelando a un hombre alto, de cabello oscuro peinado hacia atrás y vestido con un traje negro que parecía hecho a medida. Su rostro era serio, con una mandíbula marcada y unos ojos que me analizaron de arriba abajo en un instante. Parecía alguien importante, alguien de otro mundo.
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