Tenía 10 años y vendía dulces para mi madre enferma. Toqué la puerta de un millonario y vi una foto de ella en su pared.

Recordando los modales que mamá me había inculcado, levanté la cesta. “¿Señor, le gustaría comprar un dulce para ayudar a mi abuela enferma?”, pregunté, mi voz sonando más pequeña de lo que pretendía.

El hombre, a quien más tarde conocería como Alejandro Vargas, enarcó una ceja, su expresión indescifrable. No respondió de inmediato. Su mirada se detuvo en mis brazos delgados, en mi rostro sucio por el sudor y el polvo, en mis pies descalzos. Tras un silencio que me pareció eterno, una leve sonrisa curvó sus labios y asintió. “Espera aquí”, dijo, con una voz grave.

Se dio la vuelta y entró en la mansión, dejando la puerta entreabierta. Esperé, pero la curiosidad fue más fuerte que yo. Avancé un paso, luego otro, asomando la cabeza. El interior era como un palacio de cuento de hadas. Los suelos de mármol brillaban tanto que reflejaban las lámparas de araña que colgaban del techo altísimo. El aire era fresco y olía a una mezcla de cera de abeja y flores frescas.

Mis ojos, acostumbrados a las paredes agrietadas de nuestro pequeño piso en Vallecas, se maravillaron con los cuadros enormes y los muebles antiguos que parecían de un museo. Avancé un poco más, sin hacer ruido, atraída por el brillo de los objetos. Y entonces, mi corazón se detuvo. En una pared del pasillo, enmarcada en un opulento marco dorado, había una fotografía. Era antigua, los colores ligeramente desvaídos, pero la imagen era nítida.

Mis piernas temblaron. La mujer de la foto, joven y sonriente, estaba del brazo del mismo hombre que me había abierto la puerta. La mujer era mi madre. No había ninguna duda. Había visto suficientes fotos viejas de mamá como para reconocer esa sonrisa, esa mirada llena de luz que la enfermedad le había ido robando. En la foto se la veía radiante, feliz, como yo apenas la recordaba.

No entendía nada. ¿Qué hacía una foto de mi madre en la casa de este desconocido? ¿Por qué se veía tan feliz junto a él? Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de confusión y un miedo que no sabía nombrar.

Unos segundos después, el hombre regresó con varios billetes en la mano. Pero al verme allí, de pie frente a la fotografía, su expresión cambió por completo. Se detuvo en seco. Su rostro palideció y la mano que sostenía el dinero cayó lentamente a su costado. No me moví. Solo pude levantar mi brazo tembloroso y señalar la foto. “¿Por qué… por qué la foto de mi mamá está en su casa?”, logré preguntar, con la voz ahogada.

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