Tenía 10 años y vendía dulces para mi madre enferma. Toqué la puerta de un millonario y vi una foto de ella en su pared.

Alejandro no respondió. Sus ojos estaban clavados en la foto, como si la viera por primera vez. Abrió la boca para decir algo, pero no salió ningún sonido. El silencio se volvió pesado, denso. Finalmente, me miró, y en sus ojos vi una tormenta de emociones: confusión, sorpresa, dolor… y quizás, culpa.

Me observó con una intensidad que me heló la sangre, esperando una respuesta que yo no tenía. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Por qué mamá nunca había mencionado este lugar, ni a este hombre? Alejandro dio un paso hacia mí, estudiando mi rostro como si buscara algo. “¿Cómo te llamas?”, preguntó, su voz apenas un susurro. “Lucía”, respondí. “Lucía Torres”.

Al oír mi nombre, algo se rompió en su rostro. Su mandíbula se tensó, sus ojos se abrieron de par en par y luego se suavizaron con una tristeza infinita. Parecía que el nombre “Torres” le había golpeado como una bofetada. Sentí la tensión crecer, pero me quedé quieta. Quería respuestas, pero también tenía un miedo atroz. Solo había salido a vender dulces, y ahora me encontraba en medio de un misterio que conectaba a mi madre enferma con un millonario solitario.

Se arrodilló lentamente hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos. “El nombre de tu madre”, dijo, casi sin aliento, “es Elena Torres”.

Asentí en silencio.

Se puso de pie de nuevo, volviendo a mirar la foto como si buscara una explicación en ella. Sus manos temblaban visiblemente. “Ella nunca me lo dijo”, murmuró para sí mismo. No entendí. “¿Decirle qué?”, pregunté.

Me miró de nuevo, y esta vez su mirada era directa, penetrante. “Que tenía una hija”.

Parpadeé, confundida. “¿Qué?”, fue lo único que pude articular.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.