Tenía 10 años y vendía dulces para mi madre enferma. Toqué la puerta de un millonario y vi una foto de ella en su pared.
Volvió al sofá y se sentó. Su mente daba vueltas. Pensó en el rostro de Lucía, la forma de su nariz, sus ojos, su manera de hablar. Le recordaba tanto a Elena, era una copia en miniatura de la mujer que había amado más que a nada en el mundo. ¿Podía ser verdad? ¿Podía Elena haber sobrevivido y haber rehecho su vida lejos de todo y de todos? Y si era así, ¿por qué nunca lo contactó? ¿Por qué lo dejó creer que estaba muerta?
Necesitaba respuestas. Y la única persona que podía dárselas acababa de huir de su casa.
Los días siguientes fueron una tortura para Alejandro. Canceló reuniones, ignoró llamadas y dejó de comer. Contrató a su equipo de seguridad privada para que buscaran a una niña que vendía dulces en los barrios más humildes. Les dio cada detalle que recordaba. Pero los días pasaban y no había noticias.
Mientras tanto, la vida de Lucía continuaba su rutina de pobreza y lucha. Cada mañana, salía con su cesta. Su madre seguía muy enferma. Nunca le contó a Elena lo de la mansión ni lo del hombre. No sabía cómo. Además, mamá siempre evitaba hablar de su pasado. Cualquier pregunta sobre su padre o su juventud era recibida con un “Es mejor no hablar de eso, mi luz” o “El pasado ya quedó atrás”. Pero esas respuestas ya no eran suficientes para Lucía.
Una noche, mientras compartían un trozo de pan, Lucía casi se lo cuenta, pero al ver los ojos cansados de su madre, se calló. Las preguntas, sin embargo, crecían en su corazón como una enredadera.
En su mansión, Alejandro estaba desesperado. Subió al ático, un lugar que no había visitado en años. El polvo lo cubría todo. Abrió cajas viejas llenas de recuerdos de Elena: fotos, cartas, objetos. Y entonces la encontró. Una carta antigua, con la letra de Elena. La leyó con manos temblorosas. Hablaba de cuánto lo extrañaba, de su confusión, y entonces, una frase lo dejó sin aire: “Si supiera sobre el embarazo, tal vez las cosas habrían sido diferentes”.
Se quedó helado. Embarazo. Elena estaba embarazada. Leyó la frase una y otra vez. Estaba allí, claro como el agua. Ella esperaba un hijo cuando desapareció. Y nadie, nunca, se lo dijo.
Se sentó en el suelo polvoriento del ático. Si Elena estaba embarazada, eso significaba que Lucía era su hija. Su propia hija. Viviendo en la pobreza mientras él vivía rodeado de lujos. Recordó cómo su madre, Doña Isabel, había gestionado todo tras la “muerte” de Elena. Había sido fría, controladora. Le dijo que era mejor no ver el cuerpo, que le causaría más dolor. Él había confiado en ella. Pero ahora, las dudas lo asaltaban. ¿Y si Elena no murió? ¿Y si la obligaron a irse?
Esa noche no durmió. Había pasado años construyendo un imperio, pero ahora nada de eso importaba. Tenía que encontrar a Lucía. Tenía que hablar con Elena. Tenía que saber la verdad, costara lo que costara.
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