Tenía 10 años y vendía dulces para mi madre enferma. Toqué la puerta de un millonario y vi una foto de ella en su pared.
Lucía estaba de pie frente a la reja de la mansión otra vez. Su corazón latía con fuerza, pero esta vez no era por miedo, sino por determinación. No podía seguir viviendo con la duda. Tenía que volver. Abrió la reja y entró.
Alejandro estaba en el jardín, leyendo unos papeles. Al verla, se levantó de un salto. “Has vuelto”, dijo, con una mezcla de alivio y nerviosismo.
Pero Lucía no se anduvo con rodeos. Entró y fue directa hacia el retrato. “Esa es mi mamá, estoy segura”, dijo, con una firmeza que sorprendió a ambos. Alejandro se puso a su lado. “Esa es Elena”, dijo con voz baja. “Ella lo era todo para mí”.
La llevó a su despacho y le mostró más fotos. Elena riendo, Elena en la playa, Elena abrazándolo. Lucía las miró en silencio, sintiendo que espiaba una vida secreta de su madre. Entonces, algo llamó su atención. En una de las fotos, su madre llevaba un collar, un pequeño corazón con una piedra azul. “Ese collar”, dijo Lucía. “Mi mamá todavía lo usa. Todos los días”.
Alejandro se quedó paralizado. Era el collar que le había regalado la noche que le pidió matrimonio. “Yo se lo di”, susurró. Se sentó, abrumado. “¿Tu mamá está viva?”, preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
“Sí, vive conmigo. Solo somos las dos”.
La verdad lo golpeó con toda su fuerza. Lucía tenía que ser su hija. “Ella nunca me dijo que estaba embarazada”, dijo con la voz rota. “Nadie me dijo nada”.
Lucía lo observó. Veía el dolor en su rostro. “Ella nunca habla del pasado”, explicó. “Siempre dice que mi papá murió antes de que yo naciera”.
Esa mentira le dolió a Alejandro más que ninguna otra. No por rabia hacia Elena, sino porque entendió la profundidad de su miedo. “¿Dónde viven?”, preguntó. Lucía le dio una idea aproximada de su barrio. Él lo anotó. Tenía que verla. Tenía que escuchar su versión.
“Debería irme”, dijo Lucía. Esta vez, Alejandro no intentó detenerla. “Gracias por venir”, dijo. “Por favor, dile a tu madre… dile a Elena que Alejandro quiere verla”.
Cuando Lucía llegó a casa, encontró a su madre descansando. “Mamá, tengo que contarte algo”, dijo. Y le contó todo. El rostro de Elena se fue volviendo blanco como el papel a medida que Lucía hablaba. Cuando terminó, la habitación quedó en un silencio sepulcral.
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