Tenía 10 años y vendía dulces para mi madre enferma. Toqué la puerta de un millonario y vi una foto de ella en su pared.
“Él fue el amor de mi vida”, susurró Elena, como si hablara consigo misma. “Pero tuve que desaparecer”.
“¿Por qué, mamá? ¿Por qué?”.
Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas. Y por primera vez, le contó la verdad. “Cuando descubrí que estaba embarazada de ti, su madre, Doña Isabel, se enteró. Era una mujer poderosa y fría. Nunca le caí bien. Una noche me citó y me amenazó. Me dijo que si no dejaba a Alejandro, nos destruiría. Dijo que si le contaba a Alejandro lo del bebé, vendría por ti y por mí. Dijo que nos mataría si me quedaba. No tuve elección, Lucía. Tuve que huir para protegerte. Su madre le dijo a Alejandro que yo había muerto en un accidente. Fingió todo. Yo viví con miedo durante años”.
Lucía la miraba, incrédula. “¿Él nunca supo de mí?”.
“No”, dijo Elena, con el rostro bañado en lágrimas. “Me fui antes de poder decírselo”.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Lucía. Se sentía triste, enojada, confundida. “Ella le mintió”, dijo. “Nos quitó todo”.
“Sí”, asintió Elena. “Y yo se lo permití, porque pensé que era la única forma de mantenerte viva”.
Se quedaron abrazadas mucho tiempo, llorando juntas la verdad que por fin había salido a la luz. “¿Qué vamos a hacer ahora?”, preguntó Lucía.
Elena respiró hondo. “No lo sé. Pero creo que es hora de dejar de huir”.
A la mañana siguiente, Alejandro condujo hasta la antigua casa de su madre, vacía desde su muerte. En su estudio, encontró una caja de madera cerrada con llave. Dentro, había una carta con la letra de Elena. “Si estás leyendo esto, tal vez el amor por fin haya vencido al miedo. Protege a nuestra hija”.
Las lágrimas brotaron de sus ojos. Su madre lo había sabido todo. Guardó esa carta, sabiendo que Elena estaba viva, sabiendo del bebé. Y aun así, le mintió. Sintió una rabia y una traición inmensas. Guardó la carta y condujo directamente al barrio que Lucía le había descrito.
Las calles eran estrechas, llenas de vida. La gente lo miraba con desconfianza. Un grupo de hombres le cortó el paso. “¿Te perdiste, rico?”, preguntó uno de ellos. Justo cuando la tensión aumentaba, una voz rompió el silencio. “¡Señor Alejandro!”.
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