Tenía 10 años y vendía dulces para mi madre enferma. Toqué la puerta de un millonario y vi una foto de ella en su pared.

Era Lucía. Corrió hacia él y saltó a sus brazos. Él la abrazó con una fuerza desesperada, llorando. “Lo siento tanto”, susurró. “Lo siento por no haber estado allí”.

“Usted no lo sabía”, dijo ella suavemente. “No es su culpa”.

Se quedaron así, abrazados, mientras el mundo a su alrededor desaparecía. Por fin tenía la verdad. Y por fin la tenía a ella. “Le conté a mi mamá”, dijo Lucía. “Creo que quiere verlo”.

Alejandro asintió. La tomó de la mano y ella lo guio hasta su pequeña y humilde casa. Al llegar a la puerta, sintió más nervios que en toda su vida. Estaba listo para ver a Elena, para enfrentar el pasado y empezar de nuevo.

Los días que siguieron fueron un torbellino de emociones. Alejandro pidió una prueba de ADN. No porque no les creyera, sino porque necesitaba una certeza absoluta después de tantas mentiras. Elena aceptó. Mientras esperaban los resultados, Alejandro comenzó a pasar cada día en el barrio. Llevaba comida, medicinas, pagó las facturas del hospital. Poco a poco, empezó a conocer a su hija, a hablar de nuevo con Elena. Reconstruyeron, pieza a pieza, el lazo que habían perdido.

Una semana después, llegó el sobre. 99.9% de coincidencia. Alejandro lloró de alivio y de alegría. Era su hija. Definitivamente.

Invitó a Elena a la mansión. Ella llegó, de pie en el jardín donde una vez soñaron con un futuro juntos. Él salió a su encuentro. “¿Por qué no me lo dijiste?”, preguntó con la voz quebrada.

Y ella le contó todo otra vez, cara a cara. El miedo, las amenazas, la soledad. Él la escuchó, llorando con ella. “Deberías habérmelo dicho”, susurró. “Yo te habría protegido”.

“Lo sé”, dijo ella. “Pero no sabía en quién confiar”.

Él tomó su mano. “Ya no estás sola. Te juro que nunca más tendrás que esconderte. Cuidaré de las dos”. Y entonces, la abrazó.

Desde el interior, Lucía los observaba. Al verlos abrazarse, lloró de felicidad. Las mentiras se habían acabado. Su familia, rota durante tanto tiempo, por fin estaba completa.

Pocos días después, Lucía y Elena se mudaron a la mansión. El lugar, antes frío y silencioso, se llenó de vida y risas. Los dibujos de Lucía adornaban las paredes. Comían juntos, hablaban, reían. Una noche, mientras cenaban, Alejandro levantó su vaso. “Por las mentiras que cayeron”, dijo, “y la verdad que nos liberó”. Emily tomó su mano por encima de la mesa. “Por la verdad”, susurró. Lucía sonrió, apoyando la cabeza en el hombro de su padre.

Una mañana, sin pensarlo, Lucía lo llamó “papá”. Alejandro se detuvo, y luego sonrió, la sonrisa más amplia y sincera que había mostrado en años. El pasado siempre sería parte de su historia, pero ya no los definía. Ahora tenían un futuro que construir juntos.

Una noche, Alejandro no podía dormir. Bajó a la sala y encontró a Emily allí. “¿Me perdonas, Alejandro?”, preguntó ella en voz baja. Él tomó su mano. “Te he amado todo este tiempo”, dijo. “Nunca dejé de hacerlo”.

En ese momento, oyeron unos pasitos. Era Lucía, que bajaba las escaleras medio dormida. Se acurrucó entre ellos en el sofá y se quedó dormida. Alejandro y Emily se miraron, sonriendo. Él apoyó su cabeza en la de ella. Estaban en casa. El amor, a pesar del tiempo, las mentiras y el dolor, había encontrado el camino de vuelta. Tenían una segunda oportunidad, y esta vez, no la iban a desperdiciar.

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