Y a la mañana siguiente, se fue.
Sin explicaciones, sin mensajes, sin siquiera un cobarde "lo siento".
Esa fue la primera vez que me di cuenta de que las promesas no valen nada.
Se disuelven en el aire más rápido que el vapor del café barato que tomaba por la noche, meciendo a mis hijos, Noah y Liam.
Y aun así, sobrevivimos.
Perseveramos.
Ganamos.
Hice todo lo posible para asegurarme de que mis hijos crecieran no como la pesada sombra de mi pasado, sino como la luz de mi futuro.
Pero el pasado... siempre sabe cuándo regresar.
Y siempre viene por lo que una vez perdió.
DESARROLLO
1. Un camino de dieciséis años
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