Evan había vuelto.
Pero no como padre.
No como hombre.
Sino como un depredador, seguro de tener el poder de tomar lo que quiera.
Los chicos se sentaron frente a mí, como dos siluetas extrañas.
Le creyeron.
Creyeron en un hombre extraño al que no habían visto en toda su vida.
Creyeron en las palabras que él había estado construyendo durante años, preparándose para este momento.
Y entendí: él sabía dónde atacar.
Eligió el punto más débil: su sueño de un futuro, de la universidad, de una vida diferente.
Estaba sola.
Y él era el director del programa, un hombre con influencia, dinero y contactos.
Y ahora tenía a mis hijos agarrados del cuello.
3. La conversación que me desgarró el corazón
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