Era adorado, pero estaba completamente solo. En las semanas siguientes, esas conversaciones nocturnas se volvieron rutina. Dos o tres veces por semana, después de que Rosalía se iba a dormir, el señor Mario me pedía que me quedara con él un rato. Conversábamos de todo, de la vida, de la muerte, de los sueños perdidos, de los arrepentimientos. Él me contaba cosas que nunca le había contado a nadie. Yo escuchaba sin juzgar, ofreciendo mi compañía silenciosa. Me contó sobre su miedo constante de ser olvidado.
Decía que la fama era efímera, que la gente era voluble, que un día lo adoraban y al día siguiente podían darle la espalda. Tenía terror de envejecer, de que ya no lo encontraran gracioso, de perder su lugar en el corazón de México. En enero de 1953 llegó una noticia que lo hundió aún más. Marion le envió una carta informándole que su hijo Mario Arturo había sido adoptado oficialmente por su padrastro. El niño ahora llevaba otro apellido. Legalmente ya no era hijo de Mario Moreno, era hijo de otro hombre.
Todo lazo legal había sido cortado. El señor Mario leyó esa carta en su estudio. Yo estaba limpiando el pasillo cuando escuché un grito ahogado, luego el sonido de algo rompiéndose. Entré corriendo. Él había tirado una lámpara contra la pared. Estaba de pie en medio del estudio con la carta arrugada en la mano, temblando de dolor y rabia. Me acerqué despacio. Le quité la carta de la mano antes de que la hiciera pedazos. Él se dejó caer en su sillón y lloró como niño.
Yo me arrodillé junto a él y lo abracé. Fue un momento extraño, una empleada doméstica abrazando al hombre más famoso de México. Pero en ese momento no éramos patrón y empleada. Éramos dos seres humanos compartiendo dolor. Cuando finalmente se calmó, me pidió que le trajera la caja fuerte que guardaba en el closet. La traje y él la abrió frente a mí. Dentro había fotos, cartas, dibujos infantiles, un mechón de pelo de bebé. Eran los únicos recuerdos que tenía de su hijo.
Me mostró cada cosa explicando su origen. Esta foto era del primer cumpleaños. Este dibujo se lo había hecho el niño cuando tenía 4 años. Esta carta era de Marion cuando le contó que estaba embarazada. Guardaba todo eso como tesoros invaluables porque era todo lo que le quedaba. Su hijo seguía vivo en algún lugar de Estados Unidos, creciendo, yendo a la escuela, jugando con amigos. Pero para el señor Mario era como si hubiera muerto. Nunca más lo vería, nunca más lo abrazaría, nunca más escucharía su risa.
Los siguientes meses fueron especialmente difíciles. El señor Mario se sumergió en el trabajo como forma de escapar. Filmaba película tras película, aceptaba todos los compromisos que le ofrecían. Trabajaba hasta la extenuación. En casa llegaba tarde y exhausto, comía algo rápido y se iba a dormir. Ya no había conversaciones nocturnas, ya no había tiempo para nada que no fuera trabajo. En mayo de 1953, Rosalía enfermó gravemente. Era algo del corazón, decían los doctores. Necesitaba reposo absoluto durante varios meses.
El señor Mario le pagó todos los tratamientos y le dijo que se tomara el tiempo que necesitara, que su trabajo la estaría esperando. Rosalía se fue a vivir con su hermana mientras se recuperaba. Eso me dejó sola en la casa con el señor Mario. Yo me encargaba de todo ahora. La limpieza, la cocina, lavandería, el mantenimiento del jardín. Era trabajo duro, pero lo hacía con gusto. Sentía que mi presencia ayudaba de alguna forma al señror Mario, aunque fuera solo manteniendo su casa funcionando mientras se lidiaba con sus demonios.
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