Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Decidió quedársela. Le puso Elena como yo, porque decía que yo había sido la primera persona que la trató con dignidad en meses. Cuando me lo dijo, lloré de emoción. Era un honor inmenso que esa muchacha valiente le diera mi nombre a su hija. El señor Mario pagó todo para que Rosa pudiera establecerse. Le consiguió un trabajo en una fábrica textil. Le pagó un curso de costura para que tuviera un oficio. Le alquiló un departamento pequeño donde podía vivir con su hija.

Rosa floreció. De la muchacha rota que rescatamos en Oaxaca surgió una madre fuerte y dedicada. Este fue solo uno de docenas de casos similares que manejamos durante esos años. El señr Mario ayudaba sin límite a cualquiera que lo necesitara y todo en secreto absoluto. Nadie podía saber que Cantinflas era quien estaba detrás de toda esa generosidad. En marzo de 1954, el señor Mario me confesó algo que me sorprendió. Me dijo que toda su generosidad, toda la ayuda que daba, era su forma de expiar culpas.

Se sentía culpable por tener tanto cuando millones de mexicanos tenían tan poco. Se sentía culpable por no poder ser padre de su propio hijo. Se sentía culpable por vivir una mentira pública mientras tanta gente sufría verdades terribles. Le dije que no tenía por qué sentirse culpable, que él había trabajado duro por lo que tenía, que su éxito era merecido. Él negó con la cabeza. Me explicó que sí había trabajado duro, pero también había tenido suerte. Millones de mexicanos trabajaban igual o más duro que él y seguían siendo pobres.

La diferencia no era solo el esfuerzo, era la suerte, las oportunidades, las circunstancias. Me habló sobre su filosofía de vida. decía que los que tienen mucho tienen obligación moral de ayudar a los que no tienen nada, que la riqueza no era para acumular egoístamente, sino para compartir, que al final de la vida lo único que importaba era cuántas personas habías ayudado, cuántas vidas habías tocado positivamente. Esas conversaciones filosóficas se volvieron frecuentes. El señor Mario era un pensador profundo, disfrazado de comediante.

Leía constantemente filosofía, historia, política, literatura. Su estudio estaba lleno de libros subrayados con notas en los márgenes. Me prestaba libros, me pedía mi opinión, aunque yo apenas había terminado la primaria. Una noche me prestó un libro sobre existencialismo. Intenté leerlo, pero era muy complicado para mí. Se lo devolví disculpándome por no poder entenderlo. Él sonrió y me explicó los conceptos básicos. me habló sobre el absurdo de la existencia, sobre como cada persona tiene que encontrar su propio significado en la vida, sobre como la autenticidad es más importante que la aprobación social.

Le pregunté si él sentía que vivía auténticamente. Se quedó en silencio largo rato. Luego me dijo que no, que su vida pública era completamente inauténtica, que Cantinflas era un personaje que él interpretaba, pero que no era realmente él. me dijo que solo en esos momentos privados, cuando ayudaba a gente en secreto, cuando conversábamos sin máscaras, sentía que era genuinamente el mismo. En abril de 1954 recibió otra carta de Marion. Esta vez traía malas noticias. Su hijo Mario Arturo estaba teniendo problemas en la escuela.

Se peleaba con otros niños, tenía mal comportamiento. Los maestros se quejaban. Marion estaba preocupada. El padrastro intentaba disciplinarlo, pero el niño se revelaba. Marion preguntaba si el señor Mario tenía algún consejo, si había algo que pudiera hacer a distancia. El señor Mario se atormentó con esa carta. Se sentía impotente. Su hijo necesitaba una figura paterna fuerte y él no podía estar ahí. Todo el dinero del mundo no servía de nada si no podía abrazar a su hijo, hablar con él, guiarlo.

Escribió una carta larga para Marion explicándole técnicas de disciplina positiva, hablándole sobre la importancia de la paciencia, del amor incondicional, pero después de enviar esa carta se derrumbó. Me dijo que era absurdo, que estaba dando consejos de paternidad por carta cuando debería estar ahí físicamente siendo padre. me dijo que su hijo estaba actuando mal, probablemente porque sentía la ausencia de su padre biológico, porque en algún nivel intuitivo sabía que algo no cuadraba en su vida. Le dije que tal vez algún día, cuando su hijo fuera adulto, podría conocer la verdad y entender por qué las cosas fueron como fueron.

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