El señor Mario negó con tristeza. Me dijo que prefería que su hijo nunca supiera la verdad, que creciera creyendo que su padrastro era su verdadero padre, que tuviera una vida normal sin la carga de saber que Cantinflas era su papá. biológico. En mayo de ese año, el señor Mario empezó a filmar una nueva película. Se llamaba El bolero de Raquel. Era una comedia sobre un hombre que se enamora, pero no puede expresar sus sentimientos. La ironía no se me escapó.
Estaba actuando una historia que reflejaba su propia vida. Durante la filmación de esa película, el señor Mario se volvió más introspectivo. Un día me confesó algo perturbador. Me dijo que a veces cuando actuaba en sus películas, cuando hacía reír a todo el equipo de producción, sentía como si estuviera viendo su propia vida desde afuera, como si Mario Moreno estuviera observando a Cantinflas actuar, completamente separados, dos personas distintas en el mismo cuerpo. Le pregunté si eso lo asustaba.
me dijo que sí, que a veces temía perder completamente a Mario Moreno, que Cantinflas lo absorbiera totalmente hasta que ya no quedara nada del hombre real. Por eso valoraba tanto nuestras conversaciones, porque cuando hablábamos yo me dirigía a Mario, no a Cantinflas. Eso lo mantenía anclado a su humanidad. En junio sucedió algo que puso a prueba nuestra discreción. Un periodista ambicioso empezó a investigar la vida privada del señor Mario. Hacía preguntas en el vecindario, hablaba con comerciantes locales, intentaba sobornar a empleados de otros hogares para que contaran chismes.
Era evidente que buscaba algo escandaloso para publicar. El señor Mario se puso muy nervioso. Si ese periodista descubría sobre su hijo secreto, sobre sus caridades anónimas, sobre su intento de suicidió, todo se vendría abajo. Su carrera terminaría, su imagen sería destruida. Rosalía y yo redoblamos nuestra vigilancia. No hablábamos con nadie de nada. Cuando el periodista intentó sobornarnos ofreciéndonos dinero por información, lo rechazamos inmediatamente. Una noche el periodista apareció en la puerta de la casa. Exigía hablar con el señor Mario.
Decía que tenía evidencia de algo que el público necesitaba saber. El señor Mario lo recibió en su estudio. Yo me quedé afuera, pero escuché parte de la conversación. El periodista acusaba al señor Mario de tener una amante secreta, de financiar a una mujer en Estados Unidos. El señor Mario manejó la situación con frialdad impresionante. Le dijo al periodista que podía publicar lo que quisiera, pero que primero debería considerar las consecuencias. Le recordó que él, Cantinflas, era amado por todo México.
Cualquier periodista que intentara destruir su imagen se ganaría el odio del pueblo mexicano. Su carrera periodística terminaría antes de que la de Cantinflas terminara. Además, le ofreció algo inteligente. Le dijo que si el periodista mantenía discreción, él le daría exclusiva sobre sus proyectos futuros, entrevistas privilegiadas, acceso que ningún otro periodista tendría. Era más beneficioso para su carrera ser el periodista favorito de Cantinflas que ser el que intentó destruirlo. El periodista aceptó el trato, se fue de la casa y nunca publicó nada comprometedor.
Pero ese incidente dejó al señor Mario muy alterado. Se dio cuenta de que su privacidad estaba constantemente amenazada, que en cualquier momento alguien podía descubrir sus secretos. Esa presión constante lo estaba matando lentamente. En julio de 1954 sucedió algo hermoso que le dio esperanza. Rosa, la muchacha de Oaxaca, a quien habíamos ayudado, nos visitó con su bebé Elena. La niña tenía 5 meses. Estaba gordita y saludable. Rosa lucía transformada, radiante, orgullosa de su hija. Nos contó que había conocido a un hombre bueno en la fábrica textil, alguien que la aceptaba con su historia y amaba a la bebé como propia.
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