Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Ella me miró fijo a los ojos y me dijo algo que nunca olvidaré. me dijo que esta casa era diferente, que el señor de la casa era una persona muy pública, muy reconocida, que necesitaban empleados que entendieran que lo que pasara dentro de esas paredes debía quedarse ahí. Asentí sin entender completamente a qué se refería. Entonces me dijo el nombre, ¿vas a trabajar para el señor Mario Moreno? Cantinflas. Sentí que el corazón se me detenía. Cantinflas. El Cantinflas, el actor más famoso de México, no lo podía creer.

Yo había visto sus películas en el cine de mi pueblo. Ahí no es peladito, ni sangre ni arena. Ese hombre nos hacía reír hasta llorar. Era un ídolo nacional, un orgullo mexicano. La administradora sonrió al ver mi reacción. me dijo que sí, ese Cantinflas, pero que dentro de la casa él era simplemente el señor Mario, un hombre normal que valoraba su privacidad y necesitaba empleados en quienes pudiera confiar. Me ofreció el trabajo. El salario era el doble de lo que ganaban otras empleadas domésticas.

Yo podría enviar dinero a mi familia, pagar las medicinas de mi mamá, ayudar a mis hermanos. Acepté sin pensarlo dos veces. Empecé a trabajar el 5 de noviembre de 1951. Tenía 20 años recién cumplidos. Mi primer día en la casa de Cantinflas fue como entrar a otro mundo. La casa era más grande por dentro de lo que parecía por fuera. Había salas enormes con muebles elegantes, cuadros en las paredes, pisos de mármol que brillaban como espejos. Había una biblioteca llena de libros, un comedor que parecía de palacio, una cocina inmensa con electrodomésticos modernos que yo nunca había visto.

Me asignaron un cuarto pequeño, pero cómodo, en la parte trasera de la casa, junto a los otros cuartos de servicio. Compartía baño con Rosalía, la otra empleada doméstica que llevaba 3 años trabajando allí. Rosalía tenía unos 35 años, era callada, eficiente y desde el primer día me dejó claras las reglas. Me dijo que el señor Mario era buena persona, generoso, educado, pero que tenía días buenos y días malos. En los días buenos era conversador, bromista, se quedaba en la cocina platicando con nosotras mientras preparábamos la comida.

En los días malos se encerraba en su estudio por horas y no quería que nadie lo molestara. Me dijo que aprendiera a reconocer qué tipo de día era antes de acercarme a él. También me explicó que la señora Valentina, la esposa de Cantinflas, vivía en la casa, pero tenía su propia rutina. Era una mujer hermosa, de origen ruso, elegante, culta, pero distante. No era mala con nosotras, simplemente no nos prestaba mucha atención. Vivía en su propio mundo de compromisos sociales, eventos, reuniones con amigas de la alta sociedad.

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