Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Los primeros días me dediqué a aprender la rutina de la casa. Me levantaba a las 5:30 de la mañana. Ayudaba a preparar el desayuno para el señor Mario, que siempre bajaba a las 7 en punto. Le gustaban los chilaquiles rojos, los frijoles refritos, café de olla muy cargado y pan dulce. Era muy particular con su comida. Nada de comida elegante o francesa. Él quería comida mexicana de la buena, de la que se come en las fondas, de la que sabe ahogar.

Durante esa primera semana apenas lo vi. Él salía temprano a los estudios de filmación o a reuniones de negocios y volvía tarde. Cuando estaba en casa se encerraba en su estudio. Yo limpiaba, cocinaba, lavaba, planchaba. Era trabajo duro, pero me gustaba. La casa era limpia, organizada y el salario llegaba puntual cada semana. Fue el domingo de mi segunda semana cuando finalmente tuve mi primera conversación real con él. ese día no había salido. Se quedó en casa leyendo el periódico en la terraza del jardín.

Yo estaba limpiando las ventanas de la sala cuando él entró a buscar un vaso de agua. Me vio trabajando y se detuvo. Me preguntó cómo me llamaba. Le respondí que Elena, para servirle. Él sonrió y me dijo que no tenía que hablarle de usted, que con señor Mario era suficiente. Me preguntó de dónde era, cuánto tiempo llevaba en la capital, si me gustaba trabajar ahí. le respondí con timidez, todavía nerviosa de estar hablando con alguien tan famoso.

Entonces me dijo algo que me sorprendió. Me dijo que él también había sido pobre, que también había venido de abajo, que sabía lo que era trabajar duro para sacar adelante a la familia. Me contó que de joven había sido carpero, que había trabajado en el ejército, que había pasado hambres antes de triunfar como comediante. Me dijo todo eso con una sonrisa amable, con humildad genuina. Esa conversación duró apenas 10 minutos, pero me hizo sentir valorada. No me trató como empleada invisible, me trató como persona.

Desde ese día empecé a verlo diferente. No era solo el cantín flash famoso, era Mario, un hombre de carne y hueso. Durante las siguientes semanas, la rutina continuó. Yo trabajaba, él salía y volvía. La señora Valentina iba y venía a sus compromisos. La casa funcionaba como reloj suizo, pero había algo que empecé a notar, algo que no cuadraba con la imagen pública del hombre más alegre de México. Por las noches, cuando todos dormían, yo escuchaba pasos en el pasillo.

Eran pasos lentos, pesados, que iban y venían. Al principio pensé que era mi imaginación o que alguien tenía insomnia ocasional, pero pasaba todas las noches, siempre después de las 12, siempre la misma rutina de pasos caminando de un lado a otro. Una noche me levanté para ir al baño y vi luz bajo la puerta del estudio del señor Mario. Eran las 2 de la mañana. Escuché música bajita viniendo de adentro. No era música alegre, era música melancólica, triste.

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