Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

El señor Mario no decía nada, pero se notaba más callado, más distante. Una tarde, mientras yo planchaba ropa en el cuarto de lavado, Rosalía se sentó junto a mí y me habló en voz muy baja. me dijo que las cosas entre el señor Mario y la señora Valentina no estaban bien desde hacía años, que dormían en habitaciones separadas, que apenas hablaban cuando estaban solos, que solo aparentaban ser matrimonio feliz en público. Le pregunté por qué seguían juntos.

Entonces, Rosalía me miró como si yo fuera muy inocente. Me dijo que por la imagen, por la prensa, por los contratos, por las apariencias. El señor Mario era el símbolo de México, el actor más querido del país. No podía tener un divorcio público. Eso destruiría su imagen de hombre de familia, de buen mexicano. Esa revelación me hizo ver todo diferente. El señor Mario vivía en una jaula de oro. Tenía fama, dinero, admiración de millones, pero no tenía libertad.

No podía ser el mismo. No podía llorar en público. No podía admitir que estaba solo. Tenía que sonreír siempre, actuar siempre, ser el cantinflas que todos esperaban. En febrero sucedió algo que cambió mi relación con él. Yo estaba en la cocina preparando la cena cuando recibí un telegrama. era de mi pueblo. Mi mamá había empeorado. Necesitaba viajar urgentemente. Me puse a llorar sin poder contenerme. Rosalía me abrazó y me dijo que pidiera permiso para viajar. Fui a buscar al señor Mario con el telegrama en la mano y las lágrimas corriendo por mi cara.

Lo encontré en su estudio revisando un guion. Toqué la puerta suavemente. Él me vio y su expresión cambió inmediatamente de concentración a preocupación. Le expliqué entre soyosos lo que había pasado, que mi mamá estaba muy enferma, que necesitaba viajar a Guanajuato lo antes posible, que entendía si me despedía, pero que por favor me diera permiso de irme al menos unos días. Él escuchó en silencio, luego se levantó de su escritorio y se acercó a mí. me puso una mano en el hombro y me dijo que, por supuesto, que podía ir, que la familia era lo más importante, que no me preocupara por el trabajo.

Luego sacó su billetera y me dio dinero. Era mucho dinero, más de lo que yo ganaba en dos meses. Le dije que no podía aceptarlo, que era demasiado, pero él insistió. Me dijo que ese dinero era para el viaje, para los doctores, para las medicinas que mi mamá necesitara. Me dijo que no era un préstamo, era un regalo. Me dijo que cuando volviera a mi trabajo estaría esperándome. Luego llamó a su chóer y le ordenó que me llevara a la estación de autobuses.

Esa misma noche. Lloré más de agradecimiento que de tristeza. Le agradecí una y otra vez. Él solo sonrió y me dijo que fuera con Dios, que cuidara a mi mamá, que no me preocupara por nada más. Esa noche viajé a Guanajuato con el corazón dividido entre la preocupación por mi mamá y el asombro por la bondad del señor Mario. Estuve dos semanas en mi pueblo. Mi mamá estaba muy grave, pero gracias al dinero que el señor Mario me había dado, pudimos llevarla con mejores doctores, comprar mejores medicinas.

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