Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Escuché al señor Mario caminando de un lado a otro durante horas. Las siguientes semanas fueron terribles. El señor Mario seguía cumpliendo con sus compromisos públicos. Iba a filmaciones, a entrevistas, a eventos. En público era el cantinflas de siempre, alegre, bromista, el orgullo de México. Pero en casa era una sombra. Apenas comía, apenas hablaba, se encerraba en su estudio por días enteros. Yo intentaba ayudar de las formas que podía. le preparaba sus comidas favoritas, dejaba café fresco en su estudio, mantenía la casa en silencio para que pudiera tener paz, pero nada ayudaba realmente.

El dolor que lo consumía era demasiado profundo. Una noche de junio, aproximadamente a las 11, yo estaba en mi cuarto leyendo cuando escuché un ruido extraño. Era como si algo pesado hubiera caído en el piso de arriba. Esperé unos segundos para ver si escuchaba algo más. Nada. Pensé que tal vez me había imaginado el ruido y volví a mi lectura. Pero unos minutos después escuché pasos corriendo. Era Rosalía. Tocó mi puerta desesperada. Cuando abrí, su cara estaba pálida de terror.

Me agarró del brazo y me jaló hacia el pasillo. Me dijo que necesitaba mi ayuda inmediatamente, que algo terrible estaba pasando. Subimos las escaleras corriendo. Rosalía me llevó hasta la puerta del estudio del señor Mario. Estaba entreabierta. Me asomé y lo que vi me eló la sangre. El señor Mario estaba tirado en el piso, inconsciente. Junto a él había una botella de whisky vacía y un frasco de pastillas volcado. Las pastillas estaban regadas por todo el piso.

Rosalía entró gritando su nombre. Yo me quedé paralizada en la puerta por un segundo. Luego reaccioné. Corrí hacia él y le tomé el pulso. Estaba vivo, pero su pulso era débil, irregular. Respiraba, pero de forma muy superficial. tenía espuma en las comisuras de los labios. Le grité a Rosalía que llamara a un doctor inmediatamente, que dijera que era una emergencia, pero que no mencionara el nombre del paciente. Ella salió corriendo al teléfono. Yo me quedé junto al señor Mario intentando mantenerlo consciente.

Le hablaba, le daba palmadas suaves en la cara, le suplicaba que no se durmiera, que se quedara conmigo. Abrió los ojos por un momento. Me miró sin realmente verme. Sus labios se movieron como si quisiera decir algo. Me acerqué para escuchar. Su voz era apenas un susurro. Dijo, “Ya no puedo más. Estoy cansado de actuar. Déjame descansar.” Esas palabras me partieron el alma. Le dije que no, que no podía irse, que había mucha gente que lo necesitaba, que lo amaba.

Él cerró los ojos. Otra vez entró en pánico. Le grité su nombre, lo sacudí, pero no respondía. Rosalía volvió corriendo. Me dijo que el doctor venía en camino, que había dicho que era amigo personal del señor Mario, que era de confianza, que llegaría en 20 minutos. 20 minutos que parecieron 20 horas. Nosotras nos quedamos junto a él, turnándonos para hablarle, para mantenerlo con nosotras. El doctor llegó finalmente. Era un hombre de unos 50 años, serio, profesional. evaluó la situación rápidamente.

Nos preguntó qué había tomado. Le mostramos la botella de whisky y el frasco de pastillas. Eran sedantes fuertes. El doctor trabajó rápido. Le dio algo para provocarle el vómito. El señor Mario vomitó violentamente. Fue horrible verlo así, pero era necesario. Después de limpiar todo, el doctor nos ayudó a moverlo a su cama. le puso un suero, le inyectó algo, le tomó los signos vitales constantemente, estuvo trabajando por más de una hora. Finalmente, cuando el señor Mario parecía estabilizado, el doctor nos llamó a Rosalía y a mi afuera de la habitación.

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