Trae el vino más caro, dijo el anciano mal vestido. los echaron enfrente de todos. ¡pésima decisión…

“Trae el vino más caro.” Dijo el anciano al mesero. El gerente le ordenó largarse. ¡Pésima decisión! Lo que estaba por suceder en ese restaurante esa noche cambiaría la vida de muchas personas, pero nadie lo sabía todavía. Nadie imaginaba que ese hombre de 71 años con camisa desgastada y zapatos viejos, estaba a punto de darles una lección que jamás olvidarían. Una lección sobre apariencias. Sobre prepotencia y sobre el verdadero valor de las personas. Porque lo que esos empleados hicieron con Alfredo y Mirta esa noche no debió ocurrir nunca y lo que a Alfredo les devolvería los dejaría sin palabras.

Alfredo Briceño empujó la puerta de cristal del restaurante más elegante de la ciudad. Tomó la mano de mirta con ternura. 50 años juntos, medio siglo de amor, risas, desafíos y sueños compartidos. Y esa noche él quería sorprenderla. Quería darle un momento inolvidable, un recuerdo perfecto para celebrar todo lo que habían construido. Pero lo que encontraron al cruzar esa puerta no fue celebración. Fue desprecio. Las miradas llegaron primero. Frías cortantes juiciosas, una pareja en la mesa de la esquina, intercambió sonrisas burlonas.

Un hombre de traje impecable miró a Alfredo de arriba abajo y negó con la cabeza. La anfitriona del restaurante, una mujer de vestido ***** ajustado y expresión altiva, levantó una ceja. Luego miró hacia otro lado, como si ignorarlos fuera lo más natural del mundo. Mirta apretó la mano de Alfredo. Él sintió la incomodidad de su esposa, pero sonrío, siempre sonreía porque Alfredo sabía algo que nadie más en ese lugar sabía. Algo que los dueños de ese restaurante descubrirían demasiado tarde.

Leonardo Castillo, el Mesero, fue el primero en acercarse. 31 años, rostro cansado, ojos que delataban años de soportar humillaciones ajenas, se detuvo frente a la pareja, miró sus ropas sencillas. La camisa arrugada de Alfredo. El suéter, tejido de mirta. Y algo en su interior se quebró. Porque Leonardo sabía lo que venía, conocía las reglas, las malditas reglas del restaurante. Pero aún así intentó ser amable. Buenas noches, dijo con voz Suave. Bienvenidos. Alfredo sonrió. Gracias joven, venimos a cenar, es una ocasión especial.

Leonardo Asintió. Pero antes de que pudiera responder, una voz autoritaria cortó el aire. Castillo. Una palabra. Ahora. Era Germán Gómez. El gerente. 37 años de lealtad ciega a un manual de protocolo diseñado para excluir. Para clasificar. Para juzgar a las personas por su apariencia y no por su humanidad. Se acercó con pasos firmes, mirada dura, postura rígida. Leonardo bajó la cabeza. Sabía lo que venía y odiaba cada segundo de lo que estaba por hacer. Germán observó a Alfredo y Mirta con desdén apenas disimulado.

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