Germán, en cambio, estaba inquieto. Esa tarjeta de platino lo atormentaba. Había verificado el nombre en el sistema de reservas. Alfredo Briceño le sonaba. Pero no lograba recordar de dónde sacó su teléfono. Discretamente buscó el nombre en Internet. Y lo que encontró lo dejó helado. Alfredo Briceño. 71 años. Empresario industrial retirado, fundador y antiguo director Ejecutivo de Industrias Briceño, una de las compañías manufactureras más grandes del país. Patrimonio estimado, 52000000 de dólares. Conocido por su perfil bajo. Por rechazar entrevistas, por vivir con sencillez a pesar de su fortuna y por su generosidad silenciosa con causas educativas y de salud.
Germán sintió que el piso se abría bajo sus pies. Había echado a 1 de los hombres más ricos de la región. Peor aún, lo había humillado públicamente. Su carrera podía terminar esa misma noche. Los dueños del restaurante, Esteban y Juliana Figueroa, eran conocidos por su obsesión con la imagen y las conexiones sociales. Si se enteraban de esto, lo despedirían sin dudarlo. Respiró hondo. Tenía que arreglar esto. Rápido. Se acercó a la Mesa con una sonrisa forzada, señor Briceño, permítame ofrecerle disculpas formales.
Hubo un malentendido lamentable. Me gustaría invitarlos a cenar todo por cuenta de la casa. Nuestro menú completo, los mejores platillos. Como muestra de nuestro profundo respeto, y. Alfredo levantó la mano. No, gracias, ya pagamos el vino es más que suficiente. Terminaremos esta botella y nos iremos. Como usted lo sugirió desde el principio. Germán insistió con voz cada vez más desesperada. Señor, por favor. Permítanme compensar con pensar qué exactamente la voz de Alfredo seguía siendo suave. ¿Pero había algo en ella?
Ahora una firmeza tranquila. Usted siguió las reglas de su restaurante. Esas reglas dicen que personas como nosotros no son bienvenidas aquí o me equivoco. Germán abrió la boca. Pero no salieron palabras porque Alfredo tenía razón. Esas eran exactamente las reglas. Escritas en el manual de operaciones del restaurante. Sección 3, párrafos, se reserva el derecho de admisión basándose en la presentación personal adecuada al nivel del establecimiento. Mirta miró a su esposo. Alfredo, dejémoslo. Ya no importa. Alfredo Asintió.
Tienes razón, mi amor. Ya no importa. Pero mientras salimos. ¿Hay algo que quisiera que supieran?Se puso de pie lentamente, su voz no era alta. Pero en el del restaurante todos podían escucharla. Hace 30 años yo trabajaba en una fábrica 12 horas al día. 6 días a la semana. Mis manos estaban sucias de grasa y aceite, mi ropa siempre manchada, mi salario apenas alcanzaba para alimentar a mi familia. ¿Pero un día?Entré a un pequeño restaurante nada lujoso, solo un lugar sencillo y el dueño me trató como si fuera el cliente más importante del mundo.
Me sirvió con una sonrisa, me ofreció el mejor asiento disponible y cuando no pude pagar la cuenta completa porque me faltaron algunos dólares, me dijo. Págame cuando puedas, todos pasamos por momentos difíciles. Alfredo hizo una pausa. Mirta tenía lágrimas corriendo por sus mejillas. Ella conocía esa historia, la había vivido con él. Ese hombre me dio más que comida ese día, continúa Alfredo. Me dio dignidad. Me recordó que mi valor no dependía de mi apariencia o mi cuenta bancaria y nunca lo olvidé.
Años después, cuando mi negocio creció, volví a ese restaurante, le pagué aquella deuda y le ofreció una asociación. Hoy ese hombre es dueño de 5 restaurantes exitosos. No porque yo le diera dinero, sino porque él siempre tuvo algo que el dinero no puede comprar. Humanidad. El en el restaurante era absoluto, nadie se movía, nadie respiraba. Alfredo miró a Germán directamente. Ustedes tienen un restaurante hermoso, elegante, impresionante, pero le falta lo más importante, le falta corazón. Le falta la comprensión de que la verdadera riqueza no está en las apariencias.
¿Está en cómo tratamos a los demás? Tomó la mano de mirta. Vámonos, mi amor. Buscaremos otro lugar, un lugar donde nos reciban por lo que somos, no por cómo nos vemos. Leonardo dio un paso adelante, su voz temblaba. ¿Señor Briceño, yo lo lamento mucho, usted y su esposa no merecían esto? ¿Nadie lo merece, y si me permite decirle algo?Este trabajo me paga las cuentas. Pero me quita el alma cada vez que tengo que seguir estas malditas reglas.
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