Su rostro no mostraba sorpresa, no mostraba enojo, solo mostraba algo que se parecía demasiado a la decepción. Entiendo, dijo finalmente. Diego esperaba algo más. Esperaba preguntas, reclamos, pero Elena simplemente asintió. Cuando necesitas que me vaya, lo antes posible. Elena bajó la mirada. ¿Puedo pedirte un favor? Diego tensó la mandíbula. ¿Cuál? Un último día con Sofía. Solo uno. Para despedirme.
Diego frunció el ceño. No creo que sea buena idea alargar esto. Elena levantó la vista y por primera vez Diego vio algo en sus ojos que no había visto antes. Vulnerabilidad. Por favor, solo un día. Mañana. Déjame pasar el día con ella, llevarla al parque, hacer las cosas que le gustan. No le diré que me voy.
Solo quiero tener un último recuerdo con ella antes de desaparecer de su vida. Diego sintió que el nudo en su pecho se apretaba más. Un día Elena asintió. Un día. Diego no sabía por qué aceptó. Tal vez porque en el fondo sabía que Sofía también necesitaba esa despedida. O tal vez porque una parte de él, una parte que se negaba a reconocer, también la necesitaba. Está bien, mañana.
Pero pasado mañana no vienes. Elena se puso de pie. Gracias. Tomó el sobre de la mesa y salió del despacho sin decir nada más. Diego se quedó solo mirando la puerta cerrada, preguntándose por qué sentía que acababa de cometer el error más grande de su vida. Elena subió a su habitación en el ala de servicio con el sobre aún cerrado entre las manos.
No lo abrió. No necesitaba ver los números para saber que Diego había sido generoso. Siempre lo era con todo lo que podía resolverse con dinero. Se sentó en la orilla de la cama individual y miró alrededor. 14 meses viviendo en ese cuarto pequeño pero luminoso. 14 meses que habían significado más para ella de lo que Diego podría imaginar.
Cuando aceptó el trabajo, lo hizo porque necesitaba el dinero. Su madre en Oaxaca necesitaba tratamiento para la diabetes y los hospitales públicos no eran suficiente. Elena había dejado su pueblo, su familia, su vida para venir a la ciudad a cuidar de los hijos de otros mientras los suyos quedaban atrás. Pero Sofía había sido diferente.
Desde el primer día, cuando la niña la miró con esos ojos grises llenos de desconfianza y dolor, Elena supo que ese trabajo sería distinto. Sofía no era solo una niña rica y malcriada como tantas otras que había cuidado. Era una niña rota tratando de entender porque su mamá ya no estaba.
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