Y Elena entendía ese dolor mejor que nadie porque ella también había perdido a alguien. Su hermano menor, Miguel, había muerto a los 7 años ahogado en el río cerca de su pueblo. Elena tenía dos entonces y se suponía que debía estar cuidándolo. Pasó años cargando esa culpa hasta que aprendió que algunas cosas simplemente pasan y no hay nadie a quien culpar.
Pero el dolor nunca desaparece completamente, solo aprendes a vivir con él. Por eso sabía exactamente que necesitaba Sofía. No necesitaba que le mintieran diciendo que todo estaría bien. Necesitaba que alguien le dijera la verdad, que su mamá no iba a volver, pero que el amor que sentía por ella podía quedarse para siempre, que extrañarla estaba bien, que llorar estaba bien, que seguir viviendo también estaba bien.
Elena se levantó y guardó el sobre en el cajón de la mesita de noche. No pensaría en eso ahora. tenía un último día con Sofía y no iba a desperdiciarlo lamentándose. Esa tarde, cuando fue a recoger a Sofía de la escuela, la niña salió corriendo hacia ella con una enorme sonrisa. Elena, mira lo que hice en clase.
Le mostró un adorno navideño hecho con palitos de madera y brillantina. Es una estrella para el árbol. Elena tomó la estrella con cuidado. Es preciosa. La vamos a guardar en un lugar especial. Sofía bajó la voz. ¿Crees que papá ponga árbol este año? Elena miró a la niña. La esperanza en esos ojos grises era tan frágil que dolía. No lo sé, mi amor.
Pero si no lo hace, no es porque no te quiera. A veces los adultos necesitamos tiempo para sanar. Sofía asintió con seriedad, como cuando me caí de la bicicleta y me raspé la rodilla. Me dolió mucho, pero después se curó. Exacto. Elena le tomó la mano. Vamos a casa.
Durante el camino de regreso, Sofía habló sin parar sobre su día. Su amiga Valentina le había prestado sus colores nuevos. La maestra les había leído un cuento sobre Renos. Un niño de su clase dijo que Santa no existía, pero ella no le creyó porque su mamá siempre le dijo que la magia existe si crees en ella. Elena escuchaba cada palabra grabando todo en su memoria.
Mañana sería su último día con esta niña que había llegado a amar como si fuera suya y luego desaparecería de su vida como si nunca hubiera existido. Cuando llegaron al Pentou, Diego aún no había regresado. Elena preparó la merienda de Sofía y se sentó con ella en la mesa de la cocina mientras la niña comía galletas con leche. Elena preguntó Sofía de repente.
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