La tensión entre ellos era palpable. Era una historia bonita dijo Diego finalmente. Elena asintió. Ella necesita escuchar historias así. Necesita saber que su mamá sigue siendo parte de ella. Diego apretó la mandíbula. Tú no tienes derecho a decidir que necesita mi hija. Elena dio un paso hacia él. Tienes razón. No tengo derecho.
Soy solo la empleada, la que va a desaparecer mañana como si nunca hubiera existido. Pero durante 14 meses fui la única persona en esta casa que la escuchó llorar por las noches. La única que la abrazó cuando tenía pesadillas, la única que le dijo que estaba bien sentir lo que sentía. Diego sintió como si le hubieran dado un golpe en el estómago.
¿Qué quieres decir con que llora por las noches? Elena lo miró con una mezcla de tristeza y frustración. Llora, Diego, casi todas las noches, pero lo hace en silencio porque tiene miedo de molestarte. Tiene miedo de que si te recuerda que está triste, tú también te vas a poner triste. Así que se guarda todo y solo llora cuando cree que nadie la escucha.
Diego sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Yo no sabía. Lo sé. No sabes por qué no has estado aquí. No, de verdad. Elena no lo dijo con crueldad, lo dijo como un hecho. Y eso dolía más. Porque nunca me dijiste, porque no era mi lugar decírtelo. Y porque tenía esperanza de que algún día lo descubrieras por ti mismo. Diego pasó una mano por su rostro.
No sé cómo hacer esto. No sé cómo ser lo que ella necesita. Elena suavizó su expresión. Solo necesitas estar presente. No, perfecto. Solo presente. Diego la miró y por primera vez en meses permitió que ella viera más allá de su fachada. Tengo miedo. Elena asintió. Lo sé, pero Sofía te necesita más de lo que tú necesitas protegerte del dolor.
Diego quiso decir algo más, pero Elena ya estaba caminando hacia su habitación. Buenas noches, señor Morales. Mañana voy a pasar el día con Sofía, como acordamos. Diego se quedó solo en el pasillo, sintiendo que algo fundamental estaba cambiando dentro de él. Diego no durmió esa noche.
Se quedó despierto en su despacho, mirando por la ventana las luces de la ciudad que nunca se apagaban completamente. Las palabras de Elena resonaban en su cabeza como un eco que no podía silenciar. Llora casi todas las noches. Tiene miedo de molestarte. No has estado aquí. No, de verdad.
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