Ella notó su movimiento y se quedó inmóvil. Sus ojos se agrandaron.
—Señor Vicente… —susurró, conteniendo un grito—. Usted… usted despertó… Gracias a Dios…
Los paramédicos se acercaron, empezaron a hacerle preguntas. Él respondió en automático, con la voz ronca. Sí, sentía dolor. Sí, recordaba la caída. No, no sabía cuánto tiempo había pasado. Pero su mente no estaba en eso. Estaba en ella.
Cuando por fin quedaron unos segundos a solas, Vicente se giró un poco hacia Lorena. Le costó hablar, pero lo hizo.
—Lorena… —la llamó, con una voz que no se parecía en nada a la que usaba para dar órdenes.
Ella lo miró, todavía con lagrimas en los ojos, sin saber qué esperar.
—Yo escuché… —dijo él, tragando seco—. Escuché todo.
El rostro de Lorena palideció. Por un instante dejó de respirar. Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre los cuerpos pequeños de Mel y Mateo.
—¿Todo…? —preguntó, en voz baja.
—Cada palabra —admitió él—. Fingí que estaba inconsciente… desde el principio.
Silencio. Un silencio pesado, casi insoportable. La mirada de Lorena cambió del alivio al shock, del shock a la incredulidad, y de ahí a una herida profunda.
—Yo sé… —se apresuró Vicente, con lágrimas asomando por primera vez en décadas—. Yo sé que no tengo excusa. Fui cobarde, egoísta, cruel. Jugué con tu miedo solo para alimentar mi curiosidad. Te hice revivir la peor noche de tu vida… solo para ver quién se preocupaba por mí.
Se le quebró la voz. Una lágrima caliente rodó por su mejilla.
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