—Calma, mis amores, calma… —repetía, con la voz quebrada—. Dejen a la Lola un ratito… Dejen ver al papá, ¿sí?
“Papá”. Vicente registró esa palabra como una bofetada. Nunca había pensado en cómo se referían a él delante de los niños. Para él, Lorena era “la niñera”. Para ella, él era “el señor” o “el patrón”. Pero delante de los bebés… era “papá”.
Los gemelos seguían llorando, pegados a ella como si el mundo se estuviera desmoronando. Lorena miró alrededor desesperada. Vio el celular de Vicente unos metros más lejos, pero para alcanzarlo tendría que soltar a los niños.
—Yo no sé qué hacer… —murmuró, con lágrimas cayendo sobre la camisa de él—. Señor Vicente, por favor, deme una señal… lo que sea… mueva la mano, abra los ojos… por favor…
Una lágrima caliente cayó de su rostro al de Vicente. Él la sintió deslizarse por su sien. No era actuación. Era miedo real.
Ella respiró hondo y tomó una decisión.
—Voy a buscar el celular, mis amores. Escuchen… —les habló a los bebés, tratando de sonar fuerte aunque la voz se le rompía—. La Lola va a ponerlos aquí cerquita del papá, solo un segundito, ¿está bien? Solo un segundo.
Los colocó con cuidado en el piso, junto al cuerpo inmóvil de Vicente. Mel gateó de inmediato hasta él, agarrándose a su camisa y llorando sobre su pecho. Mateo se quedó sentado, rojo de tanto llorar, con los ojos fijos en la cara del padre.
Lorena corrió por el celular, lo tomó con manos temblorosas y volvió junto a ellos. Cuando vio a los gemelos pegados al cuerpo de Vicente, algo se le quebró adentro. Cayó de rodillas y por fin se derrumbó del todo.
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